Nos embarcamos y no nos embarcamos en los mismos ríos, somos y no somos. Heráclito.

Bienvenid@

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En este blog, Profesores y alumnos del Postgrado de Maestría en Filosofía de la UCAB Guayana, publicamos nuestras reflexiones sobre las ideas y el diario acontecer de nuestro entorno.

Le invitamos a participar en esta discusión abierta.

¡No olvide dejar su comentario!

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable: es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".

Jorge Luis Borges
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sábado, marzo 09, 2013

DEMOCRACIA O COLECTIVISMO


Diego Márquez Castro

Una muestra más de la chatarra política que se le quiere imponer a la sociedad venezolana es el disfraz comunalista con el que pretende ocultarse la instauración de un modelo colectivista de corte marxista leninista, de vieja y desprestigiada data, presentando a dicho modelo fracasado como la piedra angular del socialismo que como doctrina y práctica política se estrelló contra los retos que le imponía el futuro. Ha de saberse que la experiencia colectivista en la ex Unión Soviética, sus satélites de Europa Oriental, China y Vietnam, así como en Cuba y Corea, no obtuvo los resultados esperados por sus fallidos planificadores, dejando una estela de tristes y amargas experiencias tanto a nivel individual como social. Y ese paradigma, vencido por el tiempo y las evidencias, es el que ahora se pugna hacer valer por la vía de la ley de la fuerza que no por la fuerza de la ley a los venezolanos…

Pues bien, ante tal amenaza los ciudadanos de este país no pueden permitir que tal proyecto termine por arrebatarles y confiscarles su libertad. A nadie le han pedido la opinión, mediante la vía del referéndum, sobre la aprobación del Estado comunal, cuya figura, de paso, no aparece ni está prevista en la Constitución Nacional. Un Estado de esa naturaleza, ofertado como expresión de una supuesta “democracia popular”, en realidad se convierte en un ente negador de los derechos sociales y políticos consagrados en la Carta Magna porque la naturaleza colectivista del mismo tiende a anular y sacrificar los derechos de la persona a favor del colectivo. Así tenemos una burda falsificación política que manipulando hábilmente el concepto de democracia busca en realidad sojuzgar a la sociedad. Que nadie se llame a engaños. Los ejemplos de la historia reciente en el mundo hablan por sí solos.

Frente al colectivismo la sociedad civil debe preservar por todas las vías posibles a la democracia o de lo contrario fenecerá bajo la bota del autoritarismo que promueve el modelo comunalista como plataforma de apoyo político y social. El académico y filósofo Fernando Savater advierte sobre este peligro con las siguientes palabras: “El autoritarismo no tiene nada que ver con la democracia. En la democracia son los ciudadanos los que fundan las leyes, los que eligen. No hay más autoridad en la democracia que la que los ciudadanos eligen. Entonces, todo autoritarismo, si es una autoridad por encima de la voluntad de los ciudadanos, es la peor corrupción que existe. La peor corrupción es la que secuestra el poder que tienen los ciudadanos y se la guarda un señor, porque dice que va a hacer un mejor uso con él que el que van a hacer los ciudadanos. La primera corrupción que combate la democracia es la corrupción de los que quieren robar el poder y hacer con él lo que les parezca adecuado”.

Lo que plantea Savater puede aplicarse al momento venezolano cuando hay quien y quienes al proclamar haber “empoderado” al pueblo desconocen la voz de la mayoría de la sociedad que ha expresado por la vía electoral su negación rotunda a esquemas o modelos que vulneren los principios de la democracia contenidos en el texto constitucional. La defensa de la democracia y sus valores parte de la voluntad para la participación ciudadana no dejando en manos de unos pocos la decisión de muchos. El filósofo consultado insiste en la perentoria necesidad de que el ciudadano intervenga en los asuntos de la cosa pública si desea ser reconocido dentro de tal condición: “En una palabra ha de tomarse en serio la dimensión de nuestra libertad individual. La sociedad no es el decorado irremediable de nuestra vida sino un drama en el que podemos ser protagonistas y no sólo comparsas. Vivir entre seres libres, no meramente resignados ni ciegamente desesperados es un enriquecimiento subjetivo y objetivo de nuestra condición.

Cuanto mayor es el equilibrio de una comunidad, más seguro resulta vivir en ella”. Sólo en democracia y únicamente en democracia eso es posible.

sábado, febrero 23, 2013

EL FILÓSOFO Y LA DEMOCRACIA



Diego Márquez Castro


El tema de la democracia y su vigencia no quedó en las obras de Platón y Aristóteles como una mera referencia filosófica a la esencia y existencia de la democracia vista y practicada no solamente como un sistema político sino como un modo de vivir.

Tampoco el asunto se agotó en las tesis de los pensadores de la revolución francesa así como en las pertenecientes al liberalismo decimonónico ni las de aquellos del cercano siglo pasado. En pleno siglo XXI y ante la emergencia de nuevas formas de regímenes autoritarios con una evidente vocación al totalitarismo, nuevamente se replantea un ejercicio reflexivo en torno a la democracia como tema, sus características del presente y sus proyecciones hacia el futuro.

En su reciente libro Ética de Urgencia, el catedrático y filósofo hispano Fernando Savater desarrolla un conjunto de enfoques sobre la democracia y su problemática que bien encajan en la situación que aqueja a la sociedad venezolana contemporánea, la cual como lo vemos, sentimos y experimentamos, percibe cada vez con mayor preocupación cómo un gobierno de rasgos marcadamente autocráticos y con una cada vez más definida orientación marxista-leninista, anclada dramáticamente en el pasado y fracasada históricamente, busca gobernar al país de espaldas a prácticamente la mitad de sus habitantes que no comulgan con tal proyecto socialista, y hacerlo solamente tomando en cuenta a la otra mitad que le es fiel, tratando de convencer al mundo de una pseudodemocracia que propicia la hegemonía de un hombre y un partido, lo cual contradice en absoluto todo principio auténticamente democrático.

Dice Savater que preservar la democracia implica un compromiso de participación en los asuntos públicos por parte del ciudadano porque con la democracia podemos hacer lo que queramos, menos descansar y por supuesto hacernos de la vista gorda ante la destrucción de la misma: "La democracia es un régimen para no parar quieto, para estar siempre atento y vigilante, dispuesto a actuar. La democracia te da la posibilidad de intervenir, de controlar, de echar al gobernante que has puesto, porque te ha defraudado, porque descubres que es un corrupto, porque consideras que no es lo bastante competente. Pero si te cansas, estás vendido. La democracia es una motivación permanente para que intervengas en la sociedad". Todo lo cual se aplica a la actitud de desencanto, descreimiento y rechazo que muchos venezolanos de este momento sienten ante los abusos y el más desparpajado ventajismo que desde el poder se ejerce en la campaña de las elecciones regionales y ante el marcado cinismo de un árbitro electoral que justifica lo injustificable. ¿Es la abstención la respuesta correcta? Definitivamente no. La respuesta es responder desde la ciudadanía con valentía, decisión de cambiar y sobre todo, dignidad, que a unos cuantos les falta dada su vocación de vendidos. Otros hipotecan su voto por una franela, una nevera, una cocina o una promesa.

Agrega el filósofo algo muy interesante: "La democracia es una herramienta para solucionar problemas. La democracia es un sistema de elección, después hay que dotarla de contenidos". No es cierto, entonces, que el socialismo marxista leninista, en su trasnocho histórico, se constituya en la única y absoluta herramienta para solventar la problemática que enfrenta cualquier sociedad y menos en nuestro caso particular venezolano. En y con democracia, que implica pluralismo político y social e igualdad de oportunidades es posible crecer y transformarnos como país, región y sociedad, propiciando un pacto social que contemple el control del Estado en sus justas dimensiones y que le permita a los ciudadanos convertirse en propietarios, empresarios y emprendedores, y no en seres dependientes de un Estado-partido que los manipula y los aliena con programas efectistas, populistas y asistencialistas. Para concluir, unas palabras de Savater: "Cuando una persona ocupa un cargo público debe hacer las cosas de manera honrada, pero también debe tener cuidado en no equivocarse. Un político que se equivoca puede hacer mucho daño". Hay que removerlo.

sábado, octubre 06, 2012

ÉTICA DE URGENCIA


Diego Márquez Castro

30 de septiembre 2012


Fernando Savater ha publicado un nuevo libro, se trata de Ética de urgencia, dirigido a un público joven considerando las inquietudes de quienes en breve heredarán las responsabilidades del mundo. En las páginas de esta obra es posible encontrar una variedad de temas que comprenden las diversas opciones que habrán de elegir las nuevas generaciones en la conducción de una sociedad cada vez más compleja. Muy a propósito con el momento político venezolano que dentro de 7 días determinará qué país y sociedad habrán de tener nuestros jóvenes, contando además que muchos de ellos por primera vez se estrenan en el ejercicio del voto, valga tan importante ocasión para compartir desde este artículo un conjunto de reflexiones y presiones en torno al tema que el autor señala en su libro como Democracia y participación. En efecto, Savater parte de una premisa que enuncia de la siguiente forma: “es muy importante abrir los ojos a que somos una sociedad cuyos asuntos públicos debemos gestionar entre todos. Se llama sociedad por eso, porque somos socios”. Luego, pasa a considerar que la política y la participación ciudadana en ella no deben dejarse en manos de unos pocos sino que tenemos la obligación de hacerlas nuestras en nuestra condición de miembros activos de una sociedad. Así pues, para el autor la política no es nada negativo, ni un fastidio o una pérdida de tiempo. Y por ello le dice a los jóvenes: “los ciudadanos descubrieron que si no te metes en política, más tarde o más temprano, la política se meterá contigo, que es lo que está pasando ahora”. En consecuencia, desde la perspectiva histórica recuerda que “el gran invento de la democracia griega fue imponer a todos los ciudadanos que acudiesen a discutir y a votar los asuntos que les concernían”.

En su libro, el filósofo hispano entra a reflexionar sobre el tema de la democracia y en ese sentido plantea que con la democracia podemos hacer lo que nos apetezca, porque “la democracia es un régimen para no parar quieto, para estar atento y vigilante, dispuesto a actuar”. Desde ese ángulo se dirige a cada joven y en general a cada ciudadano con estas palabras: “la democracia te da la posibilidad de intervenir, de controlar, de echar al gobernante que has puesto, porque te ha defraudado, porque descubres que es un corrupto, porque consideras que no es lo bastante competente. Pero si te cansas, estás vendido. La democracia es una motivación permanente para que intervengas en la sociedad. Para eso están las elecciones. Esa es la gracia de la democracia, que todos somos políticos. Y si los que mandan lo hacen mal, será responsabilidad nuestra si nos los cambiamos para que otros lo hagan mejor”. Ese es el reto que se plantea nuestra sociedad en este momento.

Por otra parte, el tema de la crisis moral en una sociedad llevada a la relación entre la política y la ética es considerado, entre otros elementos importantes, por Savater: “los políticos saben que hay normas morales (no robar es una, porque nadie quiere vivir en un mundo donde todos robasen), pero no siempre quieren cumplirlas” y de allí se generan situaciones conflictivas que deben ser solventadas mediante la acción de los mecanismos jurídicos porque “la tarea democrática no es corregir la naturaleza humana, ni su inclinación a las trampas, sino crear una sociedad que nos asegure que los comportamientos antisociales no van a quedarse sin castigo”. Y para eso la democracia necesita de una contraloría ciudadana.

Finalmente, en Ética de urgencia, Savater nos deja estos enfoques en la proximidad del histórico 7 de octubre próximo: “lo principal de la democracia es que no es el final de la partida, no es un destino que hay que alcanzar y una vez llegas se acabaron todos los problemas. La democracia es una herramienta para solucionar problemas. La democracia es un sistema de elección, después hay que dotarla de contenidos, que pueden ser muy distintos”. El poder en la democracia debe traducirse en una vocación de servir, porque “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Sabias palabras…

dmarquezcastro@yahoo.com

miércoles, julio 25, 2012

LA DESCALIFICACIÓN COMO POLÍTICA DE ESTADO


EL BÚHO DE MINERVA


Diego Márquez Castro

Resulta interesante analizar los contenidos del discurso que a modo de propaganda electoral se transmite a diario no solamente a través de los medios televisivos y radioeléctricos oficialistas y oficiosos, sino en las compulsivas cadenas que le quieren imponer a la ciudadanía de nuestro país, irrespetando el derecho que cada quien tiene de elegir lo que quiere ver y escuchar. Indudablemente las estrategias comunicacionales de ese sector se orientan y se soportan en esquemas de propaganda típicos de los sistemas totalitarios, ahora con el aporte del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información.

Conviene recordar que el andamiaje de este tipo de propaganda que es bombardeada intensamente a los públicos de este país, tiene mucho en común, se parece tanto, se asemeja pasmosamente a los denominados 11 principios de la comunicación política aplicados atribuidos a Joseph Goebbels, ministro de propaganda del gobierno nacionalsocialista. Veamos una síntesis de los mismos:

1. Principio de simplificación del enemigo único: consiste en individualizar al “enemigo”, al cual hay que atacar sin piedad, desmoralizar, descalificar, insultar, disminuir, ridiculizar. Siempre se necesitará colocar una etiqueta para identificar al “enemigo”. Esa etiqueta puede consistir en un apodo que lo ridiculiza.

2. Principio del método de contagio: se procura reunir varios o diversos “enemigos” en una categoría o individuo, facilitando así el ataque y la destrucción de dicho objetivo.

3. Principio del método de transposición: cargar en el “enemigo” los propios errores o defectos, generando continuas provocaciones y atacándolo sin cesar.

4. Principio de la exageración y desfiguración: convertir cualquier anécdota o referencia, por insignificante que sea, en una amenaza grave.

5. Principio de la vulgarización: se puede enunciar con las palabras del propio Goebbels: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a la cual va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad reflexiva de las masas es limitada y su comprensión escasa, además, tienen una gran capacidad de olvido”.

6. Principio de orquestación: igualmente dejemos a Goebbels que lo explique: “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, convergiendo sobre el mismo concepto, sin fisuras ni dudas”.

7. Principio de renovación: de acuerdo al mismo, el régimen debe emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el “enemigo” responda, los públicos ya estarán interesados en un nuevo tema.
8. Principio de verosimilitud: consiste en fabricar argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados “globos sonda” o de informaciones fragmentarias.

9. Principio de silenciación: se busca acallar las cuestiones sobre las que no se posee argumentos convincentes con lo que se trata de disimular noticias que favorezcan al “enemigo”. O también se pueden proponer “soluciones” que lo “neutralicen”.

10. Principio de transfusión: se manipulan argumentos que tengan arraigo en actitudes primitivas que puedan devenir en violencia en contra del “enemigo”.

11. Principio de unanimidad: consiste en manejar el discurso mediático en el sentido de construir una atmósfera de apoyo y de adhesión a los ideales sustentados por el líder único, creando una falsa impresión de la comunión de la masa con el líder.

¿Hablamos de una mera casualidad? Simplemente, compruébelo. Apelando el antiguo mito del eterno retorno, en otras latitudes y tiempos, otros hombres pueden repetir modelos, palabras, discursos, acciones… Es cuestión de observar, comparar y luego opinar.
dmarquezcastro@yahoo.com

martes, julio 17, 2012

DEMOCRACIA O AUTOCRACIA: HE AQUÍ LA CUESTIÓN


EL BÚHO DE MINERVA

Diego Márquez Castro


Los procesos electorales que hemos vivido los venezolanos en estos últimos trece años han tenido la característica de ser atípicos, incluyendo el que ahora se ha iniciado, porque aun cuando se ha invocado desde el oficialismo que hemos experimentado una ampliación de la democracia, lo cierto es que la democracia ha sido una simple excusa para enmascarar todo lo contrario a ella: la autocracia, que se expresa por la imagen y la boca de un líder que rechaza cualquier diferencia o disidencia y que exige como comportamiento una lealtad que raya en lo patológico. En esas oportunidades no ha ocurrido lo que en cualquier democracia que se considere como tal: la confrontación a nivel de partidos políticos de gobierno y oposición dentro del contexto de la alternabilidad en el gobierno, lo que garantiza dinamismo y salud política al sistema. La autocracia siempre ha apostado a la hegemonía y lo sigue haciendo.

El problema se profundiza cuando desde la autocracia no se asume el proceso electoral como un juego dialéctico entre propuestas para un modelo de país y de sociedad, sino que se considera como una guerra entre clases sociales, en principio, llevándose a plantear dicho proceso como un enfrentamiento entre los ciudadanos de un mismo país fracturando a los mismos en bloques irreconciliables que pudiesen llegar a odiarse y destruirse entre sí. Quienes así conciben la democracia están absolutamente equivocados porque la democracia como sistema de vida y como práctica personal y social promueve el ejercicio del pluralismo político que niega toda exclusión y aboga por la inclusión. La democracia sustenta la tolerancia frente a la diversidad en tanto que la autocracia asume la intolerancia como política de gobierno y de Estado. La razón de vida para el autócrata es crearse enemigos para desprestigiarlos y destruirlos y la de los demócratas es el diálogo constructivo para buscar soluciones, resolver los conflictos y superar las crisis dentro de un marco de consenso, solidaridad y respeto. El autócrata recela hasta de su propia sombra y ve conspiradores en los rincones; el demócrata cree en sí mismo y en las personas y no le teme ni le ofende la crítica porque sabe que es un ser humano y no una suerte de predestinado.

Todo autócrata y toda autocracia por cuanto se asumen como encarnaciones del “gendarme necesario” creen que la única manera de gobernar es siendo autoritarios en el ejercicio del poder, aun cuando puertas afuera hagan hipócritas profesiones de fe en una democracia en la cual nunca han creído porque en el fondo le temen y la desprecian. El filósofo Fernando Savater de visita en Venezuela en 1998, en pleno proceso electoral, cuando la propuesta de destruir la “democracia podrida” cautivó a millones de electores que creyeron de buena fe en su mayoría en un líder con aureola mesiánica que prometió una verdadera democracia de participación, advirtió sobre el peligro de destruir la democracia con cualquier pretexto de ocasión y aprovechar la coyuntura para instaurar un régimen autoritario: “El autoritarismo no tiene nada que ver con la democracia. En la democracia son los ciudadanos los que fundan las leyes, los que eligen. No hay más autoridad en la democracia. Entonces, todo autoritarismo, si es una autoridad por encima de la voluntad de los ciudadanos, ésa es la peor corrupción que existe”. Igualmente alertó en su momento, aunque quizá en aquellos momentos hubo quienes no quisieron escucharlo porque tenían puesta toda su fe en un hombre providencial, lo que sigue: “La peor corrupción que hay es la que secuestra el poder que tienen los ciudadanos y se lo guarda un señor porque dice que va a hacer mejor uso con él que el que van a hacer los ciudadanos porque es mucho más grave robar el poder que robarle la cartera al vecino. Por eso, la primera corrupción que combate la democracia es la de los que quieren robar el poder y hacer con él lo que les parezca adecuado”. Es tiempo de recuperar la autoridad de los ciudadanos derrotando la autocracia. Con el poder del voto y la voluntad de cambiar para mejorar, Venezuela se convertirá en un modelo a seguir. La decisión está en nuestras manos.
dmarquezcastro@yahoo.com

sábado, junio 23, 2012

Vacío moral

EL BÚHO DE MINERVA





Diego Márquez Castro




La situación de crisis que experimenta la sociedad nuestra en los tiempos que corren que ha tocado fondo. En otros momentos del pasado, ante hechos de corrupción denunciados públicamente a través de los medios de comunicación social, la expresión usual del ciudadano era: “hasta adónde hemos llegado”; ahora el comentario generalizado que escuchamos en una multiplicidad de ambientes es: “hasta adónde hemos descendido”. Y es que para nadie es un secreto, salvo para quienes contemplan al país con una visión plana y reducida, que la crisis que padece Venezuela a la par de ser social, política y económica, es franca y dramáticamente moral.

Viene a colación esta afirmación no solamente por las turbulencias que han generado en el ambiente político las declaraciones de un ahora ex magistrado del Poder Judicial, quien a su vez tuvo igualmente poder efectivo e influencias presuntamente apoyadas, de acuerdo a sus declaraciones, por funcionarios públicos pertenecientes a las altas esferas gubernamentales y de los restantes poderes, sino porque es una situación de vacío moral que se siente y se percibe en el devenir diario y que se manifiesta no solamente al nivel de la cúpula mayor y las subcúpulas que como satélites giran en torno a ella, sino en todos los estratos de la sociedad venezolana. Lo del ex magistrado, como bien señalan algunos comentaristas, es simplemente la punta de un iceberg que amenaza con destruirnos como país y como sociedad. De esta crisis traducida en vacío se ha dicho que se manifiesta por la pérdida de los valores; en verdad los valores no desaparecen sino que en situaciones como la que padecemos como colectivo, de lo que realmente puede hablarse es de una inversión de valores en la cual los antivalores son convertidos en valores y viceversa, lo cual, por supuesto, nos habla de una sociedad en una condición moralmente anómala.

Así, pues, en estos tiempos de vacío moral, en un país como el nuestro, en el cual un número cada vez mayor de ciudadanos, cansados ya de esta quiebra y de sus devastadores efectos, con la luz de la esperanza en un futuro distinto para las nuevas generaciones, por encima de la especulación electorera de las encuestas, avizora un camino de paz, justicia y progreso que conduce hacia la recuperación de Venezuela, vienen muy a propósito unas reflexiones de Juan Pablo II contenidas en su carta encíclica El Esplendor de la Verdad mediante las cuales, luego de analizar los problemas generados por la crisis moral del hombre contemporáneo y proponer un marco de renovación en tal sentido, señala lo que sigue: “En el ámbito político se debe constatar que la veracidad entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y cadenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los estados”. Habla no solamente el pastor de almas, sino el filósofo político, aquel que puede abordar un tema de esta naturaleza con autoridad, porque, como diría Platón: “sabe” y no manipula, como unos tantos por allí, discursos vagos y falaces, a la par de infelices, que tratan de justificar lo moral y éticamente injustificable. Finalmente advierte Juan Pablo II sobre los peligros que encarna el relativismo moral dentro del ámbito político, social y económico de cualquier sociedad, el cual puede “quitar a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola radicalmente del reconocimiento de la verdad. Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder”. Y eso conduce a un desastre moral.

lunes, junio 11, 2012

Socialismo: desilusión y desencanto

EL BÚHO DE MINERVA




Diego Márquez Castro




En esas revisiones de biblioteca que usualmente hacemos como parte de nuestro ejercicio académico ha salido a nuestro encuentro un libro muy interesante que lleva por título Meditaciones sobre el Socialismo, del filósofo polaco Adam Schaff, un hombre de izquierda que vivió con intensidad los procesos políticos en su país que desembocaron en la caída del comunismo y ante tal situación que generó en la intelectualidad de Polonia no pocas interrogantes y análisis, se propuso poner las cartas sobre la mesa manifestando que vivimos en una época de grandes transformaciones y dentro de ese contexto “la crisis del movimiento socialista se expresa, entre otras cosas, en la falta de fe entre sus militantes y, aun más, entre las amplias capas de la sociedad, en cuanto a la posibilidad de construir un régimen socialista”. En uno de los capítulos de la mencionada obra, su autor desvela desde un ejercicio filosófico el porqué la gente está desilusionada del socialismo y en tal sentido precisa: “necesitamos saber por qué la gente se aparta del socialismo. Sabemos por experiencia propia cuán destructora fue esa experiencia, pero el desencanto de la gente con el socialismo es un fenómeno mucho más amplio y profundo”. Seguidamente Schaff apunta: “me refiero al desencanto con la ideología y los postulados del socialismo, que se basan en una determinada escala de valores y que proponen la sustitución del sistema capitalista por un régimen mejor: el socialismo”.

Señala el filósofo que las causas de ese desencanto, de esa pérdida de credibilidad en la oferta socialista, en principio seductora y atractiva “pueden tener fuentes teóricas y prácticas, pero entre las principales hay que mencionar la visible incompatibilidad que quedó demostrada al menos en nuestra época y provocó el hundimiento de todo el sistema del socialismo real, levantado con los sacrificios y la sangre de mucha gente. El socialismo real demostró que desde el punto de vista económico era un sistema ineficaz y para mantenerse tuvo que hacer uso de la represión e incluso del crimen. Es evidente que podríamos tratar de justificar lo que sucedió culpando a los dirigentes y a los errores que cometieron y que hay que decirlo, desde el principio condenaron al régimen al fracaso; pero tal argumento no convence”.

Continuando con una suerte de disección 
in situ al socialismo real, que paradójicamente quieren vendernos ahora, con nuevo empaque, en tierras americanas y venezolanas particularmente, Schaff enfatiza que el fracaso del socialismo real quebrantó la fe en dicho sistema “incluso de grandes combatientes por su causa, de gente que lo entregó y sacrificó todo por ella”. ¿Dónde quedó el discurso igualitarista ante una nueva clase, una nueva burguesía, que creció al amparo de un sistema que se proclamaba defensor de la clase trabajadora? ¿y qué pasó con los privilegiados y los arribistas? ¿y cómo tragarse la figura del líder único e indiscutible? ¿y hasta dónde el abuso del poder y el culto a la personalidad?

El filósofo avanza en sus observaciones y explica que el fracaso del socialismo real, aunque es con probabilidad la causa fundamental del desencanto generalizado, obviamente no constituye la única: “el desencanto ha afectado a muchísima gente que se sentía ligada al socialismo y que, incluso, participó activamente en su construcción. Es evidente que en la mayoría de los casos nos enfrentamos a una desilusión ante el socialismo provocada por el fracaso de su realización práctica. La ineficacia demostrada por el socialismo y el tremendo costo humano que supuso su construcción y mantenimiento desilusionaron a la gente”. Tomándole la palabra a Alvin Toffler: el socialismo de Estado no llevó a la riqueza, la igualdad y la libertad en las sociedades donde fue implantado; simplemente, no funcionó: “el socialismo colisionó con el futuro”.

domingo, mayo 27, 2012

Situación límite

EL BÚHO DE MINERVA




Diego Márquez Castro



Después de haber escuchado las declaraciones del ahora exmagistrado del Tribunal Supremo de Justicia sobre los elementos que privan en el Poder Judicial venezolano de estos tiempos y que por boca de quien los denuncia, corroboran una multiplicidad de señalamientos y denuncias previas sobre la politización de la justicia y judicialización de la política y, por otra parte, oír las respuestas azaradas que desde el gobierno se han producido ante lo dicho por el exfuncionario y que han puesto en evidencia, en mundo mediáticamente globalizado, uno de los factores que alimentan la crisis institucional y, peor aún, moral que aqueja a la Venezuela de estos tiempos, no queda otra cosa para concluir en el sentido de que en este país se vive una situación límite, con un panorama axiológicamente distorsionado.

Valen dentro de este contexto, unas reflexiones del filósofo contemporáneo Fernando Savater quien le advierte a los que enarbolan el concepto de ética como un amuleto que todo lo resuelve, sobre todo cuando se pretende justificar lo injustificable, tal y como se ven las cosas en este momento, lo que sigue: “La distinción entre ética y política es imprescindible. Mezclar las dos cosas, decir que los males de la política se pueden remediar apelando a la ética, me parece un profundo error. Creo que detener los males de la política con la ética, es como apagar un incendio con un hisopo de agua bendita. Realmente no es esta la función de la ética, porque la ética trata de la reflexión del sujeto que se sabe libre, sobre lo qué va a hacer con su libertad”. De allí que establezca las naturales diferencias entre la moral, objeto de análisis y estudio de la ética y la política en sí. Dice al respecto: “La moral es una permanente reflexión sobre la calidad del sujeto, sobre cómo actúa como sujeto; en cambio, la política es algo que se refiere a la función y actuación de los grupos humanos. En una palabra, la ética se preocupa de lograr mejores personas y la política de lograr mejores instituciones”.

Allí entran en un punto convergente la moral, la ética y la política, pero cuando ese punto de convergencia no se logra, tenemos lo que tenemos en la sociedad venezolana de hoy y por eso hablamos de una situación límite. Savater observa al respecto: “Creo que en una sociedad que tenga buenas instituciones es más probable que las personas tengan más facilidad y necesiten derrochar menos heroísmo, para comportarse con dignidad. En regímenes tiránicos y totalitarios atroces ha habido personas que han dado muestras de dignidad, de ética”. Pero puede suceder que en tales regímenes haya quienes posean el privilegio de hacer uso o mejor dicho el abuso de “las garantías jurídicas y llevar a cabo todo tipo de tropelías”, y lo reconozcan luego amparándose en la llamada “obediencia debida” con la excusa de que “yo solamente recibía órdenes y las cumplía”… Pero se hizo el mal y tuvo sus efectos.

Plantea Savater que “el sueño de la política aspira a juntarse con una serie de valoraciones que emanan de la reflexión ética que cada cual puede hacer sobre sí mismo. Hay un marco ético o ético-político que sirve como telón de fondo sobre el que se proyectan el desarrollo, la radicalización y la promoción de la democracia. Me parece que esto también es interesante, conocer ese marco, ese cañamazo ético en relación con lo político; me parece que es sumamente útil y necesario también, como vía educativa”. Una situación límite como la que está a la vista en Venezuela conlleva a una reflexión sobre la política como práctica social y en tal sentido el filósofo enfatiza en que “muchas veces se dice que la política es algo abominable que siempre está en manos de personas corruptas. Se olvida, planteando así las cosas, que en las democracias, políticos somos todos”. Como venezolanos no podemos deslindarnos de nuestra responsabilidad de colocar en los cargos públicos a quienes hemos elegido y votado. Pero también podemos ejercer nuestro poder sustituyéndoles por otros que ejerzan con honestidad y dignidad dichos cargos. Como señala Savater. “En cada una de las elecciones tengo mis compromisos éticos a la hora de votar”. Es el compromiso ciudadano.

sábado, mayo 19, 2012

Un país reconciliado

EL BÚHO DE MINERVA






Diego Márquez Castro







El “conversatorio” con el que se pretendió conmemorar el décimo aniversario de los sucesos de abril de 2002, en el cual hubo un solo conversador y el “balconazo” posterior, lleno de amenazas contenidas en un discurso delirante, constituyen una muestra palpable de que históricamente se va cerrando un ciclo en nuestro país y se perfila uno nuevo que partiendo de las experiencias del pasado y de las situaciones del presente, se encamina hacia un futuro que está a nuestras puertas. Vivir anclado en el pretérito ya de por sí constituye un drama existencial tanto para cualquier persona como para un gobierno. Después de tanto tiempo la sociedad venezolana, salvo una minoría fanatizada, rechaza de manera rotunda el esquema divisionista que se le ha pretendido imponer generando la situación de un país fracturado entre bolivarianos y antibolivarianos; revolucionarios y contrarrevolucionarios y ahora, socialistas y antisocialistas… Debemos percatarnos los venezolanos que se quiere hacer efectivo aquel antiguo pero vigente principio de “dividir para reinar”. 

Ha llegado el tiempo de confrontar cívicamente tal principio concretado en planes políticos y en una retórica llena de violencia y descalificaciones que llama al enfrentamiento entre los venezolanos. No es la primera vez que tal situación ocurre en Venezuela, pero tal vez nunca con la gravedad de ahora. Para que este país se recupere en democracia, es necesario desterrar del colectivo todo lo que nos ha separado en estos años porque si no logramos superar esta situación traumática poco o nada podremos avanzar. Esta es la primera lección que debería enseñarnos a los venezolanos este período. A los efectos, unas palabras de un compatriota de excepción como Arturo Uslar Pietri caben para este momento histórico, quien proponía ante las fracturas de nuestra sociedad, una toma de conciencia política que implicase el cese de la movilización agresiva de los espíritus: “mientras no nos despojemos de los odios y de las ansias de retaliación no habrá ambiente para tratar de estas cosas ni para hallarles la solución verdadera”. De allí que la lección de los graves sucesos de estos últimos años deben haber enseñado a los venezolanos debería radicar en que “ni el odio ni la violencia son capaces de construir nada duradero, y que el único camino de la salvación nacional es el áspero y difícil de una efectiva concordia, el de una verdadera y cabal rectificación de los errores pasados”.

Un país reconciliado deberá reconstruir “el edificio de unas instituciones donde pudieran caber todos sin exclusiones y sin privilegios”, lo que significará devolverle la autonomía a los poderes públicos para que entre sí, cada uno con sus respectivas atribuciones y límites, contribuyan a generar y consolidar un Estado dinámico y moderno, libre de atavismos, lo que las transformarían en “unas instituciones respetables y respetadas que pudieran durar y crecer con la democracia venezolana”. Finalmente ante el funesto legado de la división recomendó: “entendimiento es lo que los venezolanos necesitamos y lo que Venezuela pide de nosotros. No el cultivo artificial de divergencias y pugnas. No sería menos absurdo que nos hubiéramos de odiar porque entendemos de distinto modo el amor de Venezuela. El verdadero amor de Venezuela, por el contrario, es lo que debe acercarnos a todos los que lo sentimos y empequeñecer nuestras divergencias. Si de algo necesita Venezuela es de la afirmación de ese espíritu cooperativo, afirmativo y no sectario. Una concepción de la política que vaya contra el odio y la exclusión y trate de implantar la convivencia y el pacífico debatir, en función de crear un país cada vez más ancho y cada vez más abierto para sus hijos. Es lo que significa la palabra concordia”. El futuro se abre con esperanza para esta sociedad nuestra acosada por el flagelo de la violencia en todas sus manifestaciones que ha privilegiado la pugnacidad y el odio artificial entre los venezolanos. Un país no crece en el resentimiento y la separación. Un país reconciliado une, no divide; construye, no destruye. 

El feo rostro de la intolerancia

EL BÚHO DE MINERVA



Diego Márquez Castro




La intolerancia sigue asomando su grotesco rostro en los escenarios políticos venezolanos. Hay un discurso cuyos patrones se repiten una y otra vez. Un discurso que insiste machaconamente en el ataque visceral a todo aquel que no ha hipotecado y alienado su vida y su pensamiento a un individuo. Un discurso que se centra en descalificar al contrario llegando a niveles de abyección moral. Un discurso soportado en la mentira de proyectar un país y una sociedad que en la realidad del día a día no existe. Un discurso que desde su intolerancia a la diversidad y a la diferencia no duda un instante en amenazar al otro, al adversario devenido en enemigo, con la exclusión, la violencia, la fuerza. Es ciertamente la intolerancia que practican los fanáticos y los fundamentalistas…

La intolerancia puede revestir formas de marginación de grupos vulnerables dentro de la discriminación contra ellos. Desde la práctica política un Estado puede dictar leyes que aun cuando se enuncien como favorecedoras de una mayoría, su aplicación deviene en atropellos a derechos reconocidos y consagrados no solamente en la Constitución sino por documentos suscritos internacionalmente. Uno de ellos es la Declaración de principios sobre la tolerancia, de la Organización de las Naciones Unidas, firmada por Venezuela y una diversidad de países miembros el 16 de noviembre de 1995. Vale decir que ese importante documento no es letra muerta y quienes lo firmaron contrajeron el compromiso de observarlo en la práctica en todas sus partes.

Frente a la intolerancia, que tanto mal ha generado al ser humano, y por desgracia todavía sigue manifestándose, esta declaración señala: “En el mundo moderno la tolerancia es más esencial que nunca. El mundo se caracteriza por su diversidad”. Por otra parte advierte con preocupación que “la intensificación de la intolerancia y de los conflictos representa una amenaza potencial”. Por esa razón enarbola la bandera de la tolerancia como “una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y de las libertades fundamentales de los demás”. Asimismo recuerda que “la tolerancia es la responsabilidad que sustenta los derechos humanos, el pluralismo, la democracia y el Estado de Derecho; supone el rechazo del dogmatismo y del absolutismo. En el ámbito estatal, la tolerancia exige justicia e imparcialidad en la legislación, en la aplicación de la ley y en el ejercicio de los poderes judicial y administrativo”. Por eso, en el caso venezolano, se manifiestan altos grados de práctica de intolerancia política no solamente cuando se agrede de hecho y de palabra al contrario y se le estigmatiza por su divergencia, sino cuando se politiza la justicia y se judicializa la política. Allí entra la perversidad como política de Estado. 

La intolerancia puede ser derrotada por la decisión y la acción de los ciudadanos desde la sociedad civil, generando procesos de educación en el colectivo. A los efectos, la declaración urge a formar a la ciudadanía contra toda manifestación de intolerancia: “La educación es el medio más eficaz para prevenir la intolerancia. La primera etapa de la educación para la tolerancia consiste en enseñar a las personas los derechos y libertades que comparten, para que puedan ser respetados y en fomentar asimismo la voluntad de proteger los de los demás”. Todo lo cual implica que “la educación para la tolerancia ha de considerarse un imperativo urgente; por eso es necesario fomentar métodos sistemáticos y racionales de enseñanza”. En una nueva fase que conlleve al rescate de la democracia en Venezuela “las políticas y los programas educativos deben contribuir al desarrollo del entendimiento, la solidaridad y la tolerancia entre los individuos y entre los grupos”. Sólo así lograremos, como sociedad civil derrotar y erradicar a la intolerancia, sus actores y sus discursos violentos, si queremos legarle a las generaciones futuras una república vivible. “Ser libre, es poder y querer elegir, es vivir según su propia conciencia”. Es la vocación humana. Lo dijo Juan Pablo II.

lunes, mayo 07, 2012

LA CONTRADEMOCRACIA

EL BÚHO DE MINERVA


Diego Márquez Castro




Leemos un interesante ensayo del periodista Emilio Andreu, de Radio Nacional de España, en torno al tema: Vigilando las democracias; vigilando el populismo, en el cual analiza el papel de los medios tanto en los procesos electorales como en la auditoría ciudadana a los gobiernos. A los efectos cita un libro del profesor Manuel Castells que lleva por título La era de la información, a través del cual popularizó el término de “política informacional” para explicar las relaciones entre los medios de comunicación social y la política. De acuerdo al académico cuatro son sus puntos de anclaje, a saber: la televisión, la mercadotecnia política, el sondeo inmediato como instrumento de navegación y el escándalo como estrategia.

Desde esa perspectiva Andreu plantea su convicción sobre la aplicación de ese paradigma en casi todas partes del mundo, en torno a lo cual señala: “Los medios continúan siendo entendidos no sólo como la ilación con la opinión pública -estrato culto, educado de la sociedad y, por ende, con capacidad para comprender la realidad e intervenir en ella-, sino también, y principalmente como vehículos fundamentales de comunicación, influencia y persuasión mediante mensaje simples y ambivalentes, que son, bien lo sabe la publicidad, los más efectivos. No obstante, para convencer a las audiencias se precisa de una constante sin la cual las informaciones carecen de valor: la credibilidad”. Basta hacer referencia a lo sucedido en Venezuela a partir de los resultados electorales de las primarias de la unidad democrática ¿Cuáles han sido los argumentos manejados desde el alto gobierno y su jefe? Y un poco más hacia acá: la situación de la enfermedad presidencial y su manejo desde el aparataje mediático del Estado. Un simple análisis de los contenidos a los mensajes expuestos en torno al tema llevan a una conclusión: la “política informacional” del gobierno, tanto desde lo técnico como desde lo conceptual es un fracaso. Si creen que ganar la credibilidad de una sociedad como la nuestra consiste en saturarla con cadenas y propaganda, están equivocados.

En otra de sus obras: Comunicación y poder, el profesor Castells es de la opinión que la política constituye un proceso de asignación de poder en las instituciones del Estado y en tal sentido, las relaciones de poder se basan en la capacidad para modelar las mentes, construyendo significados a través de la comunicación de imágenes. Este científico social de renombre internacional señala los atributos de la “política informacional”: la simplificación de los mensajes; el uso compulsivo, constante, de sondeos y encuestas; la personalización de los ataques para debilitar al adversario, y que conduce a la difamación como arma arrojadiza.

Pero, atención, en una democracia como tal habrán los mecanismos de control ciudadano que le recordarán al gobierno hasta dónde llegan sus límites mediáticos y su vulnerabilidad ante las acciones que desde la sociedad puedan tomarse en su contra.

Entramos así en el terreno que el filósofo francés Pierre Rosanvallon, citado igualmente por Andreu, describe y despliega en su libro: La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza. Allí el autor observa cómo los sistemas democráticos formales ya no sólo dependen de los procesos electorales sino en gran medida de la vigilancia y la presión que mantiene una ciudadanía sobre quienes ha depositado su confianza. No se trata de un cuestionamiento inmisericorde de las instituciones. La “contrademocracia” no es oposición a la democracia, es un ejercicio reactivo que lleva a los ciudadanos a someter a los poderes a un permanente “estrés test”, obligando a los gobiernos a no tener que solamente argumentar sus decisiones sino también a adoptarlas con el mayor consenso posible. Se abre así el camino como parte del sistema de poderes y contrapoderes que hace posible la cohabitación democrática. Para Rosanvallon “el buen ciudadano no es sólo quien vota de vez en cuando sino también quien vigila permanentemente, quien interpela a los poderes, los critica y los juzga” sin el temor a ser acusado y penalizado por una justicia politizada y parcializada…

miércoles, abril 18, 2012

Arquetipo del demagogo

EL BÚHO DE MINERVA




Diego Márquez Castro







"Ponte una corona, haz una libación a la estupidez y ataca a tu rival denodadamente".
Demóstenes

La demagogia desde los tiempos de la antigua Grecia se ha caracterizado por constituirse en una falsificación y una corrupción de la democracia. El centro, eje y motor de un proceso de esta naturaleza es el líder transformado en demagogo. Este personaje ha sido caracterizado por Emilio Temprano, investigador en este campo, como un centauro de la vida política, al cual se le distingue a mucha distancia.

Plantea el mencionado autor que el demagogo "apenas pronuncia sus primeras palabras, ya se sabe cuál es su intención: el mandato, la dominación, el lucimiento, pero, fundamentalmente, la permanencia en el torbellino del éxito". En tal sentido, si hay algo que debe reconocerse en este tipo de líder es su tesón por figurar y estar en primera línea en el escenario político. Así como el vampiro de los relatos de terror vive de la succión de la sangre humana, el demagogo vive de la exaltación a su imagen, de los aplausos y los elogios. El demagogo es egocéntrico y no soporta que otro le "robe" el escenario.

El investigador consultado es de la opinión que uno de los elementos que forman parte de su personalidad es "su fluida oratoria provocativa contra sus oponentes y su habilidad para halagar al 'pueblo". Sin embargo, manifiesta que el demagogo no debería fiarse de tales lisonjas, pues la antigua sentencia latina ya advierte que: 'No des fe a los cazadores de palabras demasiado halagadoras. El cazador atrae a los pájaros con el dulce sonido del caramillo'. De ahí que la facilidad de los demagogos para la adulación da mucho qué pensar".

Temprano esboza un conjunto de rasgos propios de los demagogos de todos los tiempos, ante cuyos líderes y discursos "hay que tomar las debidas precauciones si no se quiere terminar preso en la telaraña urdida con la incansable elocuencia de estos demiurgos". He aquí, pues, algunas de las características psicológicas esenciales de los demagogos:

- Autoritarismo.
- Insolencia y arrogancia.
- Fácil elocuencia, con un don innato a la persuasión.
- Excelente "comunicador" para convencer a las masas.
- No duda jamás, vive de afirmaciones y negaciones rotundas.
- Se alimenta generalmente de tópicos vulgares.
- Es violento y provocador nato.
- La difamación y la calumnia suelen ser a veces sus armas predilectas.
- Recurre, si es preciso, a la emoción inflamada.
- Utiliza la ironía retadora o el humor bufonesco.
- Su oratoria se asienta en los prejuicios más rastreros.
- Desprecia cualquier opción alternativa, aunque hable difusamente de derechos humanos.
- El reduccionismo histórico está presente en su discurso.
- Emplea la mentira de forma descarada y sin parpadear.
- Adulador de los sentimientos populares.
- Utiliza con naturalidad las técnicas de la intriga.
- Recurre a gestos y expresiones bajas y chabacanas.
- Manipula a su conveniencia el vocablo "pueblo".
- Narcisismo unido a una pedantería insoportable.
- Le gusta rodearse de gente sumisa para que lo adulen y admiren.

Estas características las extrajo Temprano, como denominadores comunes, de la personalidad desplegada por líderes de la contemporaneidad, de quienes "unos creen que son gentes para escapar a kilómetros y otros, los consideran seres privilegiados, se arroban ante ellos y los aclaman".

Dentro de este orden de ideas, el investigador destaca que "en el fondo del demagogo siempre se destaca, por mucho que lo disimule, una personalidad autoritaria que quiere imponerse a los demás: por medios violentos si es preciso. El germen del dictador se le puede detectar desde sus primeros años. Ante un público de admiradores, casi nunca se muestra con su verdadero rostro autoritario, salvo en épocas de fiero dogmatismo político. Según Le Bon, la multitud sólo puede ser impresionada por sentimientos excesivos, y el damagogo que desee seducirla debe abusar de las afirmaciones violentas. Su método consistirá en exagerar, asegurar, repetir y no intentar jamás demostrar nada mediante razonamientos".

El demagogo se convierte en un hábil maestro en la utilización de los discursos falaces caracterizados por la lógica como argumentos de la fuerza, al pueblo, de la autoridad, contra la persona, de la misericordia, entre otros. Su habilidad consiste en convencer a otros de que lo falso es verdadero.

Finalmente, cabe destacar que, en opinión de Aristóteles: "Las democracias se alteran sobre todo por la insolencia de los demagogos". A lo cual el autor consultado complementa: "¿Insolencia? He aquí la clave de su éxito". Saque usted sus propias conclusiones.

jueves, marzo 29, 2012

LA INTOLERANCIA COMO PRÁCTICA POLÍTICA


EL BÚHO DE MINERVA
 


Diego Márquez Castro






    En un artículo publicado desde el exilio hace un poco más de seis décadas, Arturo Uslar Pietri observaba lo que sigue: “Quien no está de un todo conmigo es mi enemigo, y al enemigo con el palo, parece ser la feroz concepción de la política. Es el retoñar de un viejo mal de nuestra vida pública.” El escritor comenzaba un interesante análisis sobre la intolerancia como variable perturbadora en la vida venezolana a través de la historia republicana, en el pasado y en el presente.

    Así, en su reflexión Uslar señaló con acierto: “Mal inveterado de nuestra vida política y de tremendas consecuencias ha sido ese de no querer ver en los que nos rodean sino amigos y enemigos; amigos a quienes favorecer y enemigos a quienes perseguir; amigos que son los buenos y enemigos que son los malos. Pareciera que la primera preocupación ha sido la de buscarse un adversario, buscar cabezas en las que descargar nuestra pasión y cavar anchos fosos de incomunicación para separarnos de todo contacto con los que no está adheridos sin reservas a nuestro credo.”

   Como un hombre de condición universalista, observó: “Ese espíritu de secta, ese tono de facción, le ha dado a nuestra vida política un carácter negativo y ha sido uno de los más activos agentes de la inestabilidad de nuestras instituciones.” Uslar sostuvo que la intolerancia engendra más intolerancia y por eso manifestó que “esa concepción de la vida política como la batalla perpetua de una facción fanática contra fanáticas facciones enemigas, no solo es contraria al interés del país, como lo han demostrado sus trágicos fracasos, sino que reposa sobre un grave error de apreciación.”

   Este venezolano fue un abanderado del ejercicio del diálogo fructífero entre los actores de nuestra sociedad, lo cual debía traducirse en una nueva visión de país: la Venezuela posible, en la cual todos deberíamos caber, sin exclusiones de ninguna naturaleza, sin perseguidos ni perseguidores. En virtud de lo cual manifestó: “Si la experiencia ha de tener alguna vez algún valor en Venezuela, debería comenzar a manifestarse por la adopción de otro estilo y de otro tono para el debate político. Porque si vamos a hacer un país estable y una república vivible hay que empezar por sumar las coincidencias y no por acentuar las divergencias.” Recomendaba Uslar que no había que concebir la acción política como primordialmente dirigida contra algo o contra alguien sino a favor de algo que estuviese concebido con tanta y suficiente amplitud como para abarcar todos los intereses fundamentales del país. Por tal motivo concluyó: “En lugar de buscar temas de lucha, habría que plantear formas de cooperación. En lugar de dividir la casa, unirla y engrandecerla.”

viernes, marzo 02, 2012

LA ANTIMORAL DEL DISCURSO


EL BÚHO DE MINERVA


Diego Márquez Castro








     En 1934, un Adolfo Hitler exudando poder, destacó en un discurso lo siguiente: “Yo libero al hombre de la constricción de un espíritu convertido en fin de sí mismo; de las sucias y humillantes autoaflicciones de una quimera llamada conciencia y moral, y de las pretensiones de una libertad y una autodeterminación personal, a la que sólo muy pocos puedan aspirar.” Esas palabras reflejan algo aterrador: En la medida que una porción de la sociedad se pliega a las pretensiones de poder monocrático de un líder, sus miembros se alienan a la voluntad y al discurso del mismo, entregándole su moral y su vida así como su libertad.

     Un análisis al fragmento citado lleva a transcribir una reflexión de J. A. Agejas: “El papel de la conciencia es clave en las decisiones personales, pues es la raíz de la libertad personal, y, por tanto, del crecimiento moral. Por eso las tiranías prometen la liberación de la conciencia, no del hombre: prometen una falsa libertad. La liberación de la moral no es más que la tiranía mayor a la que puede estar sometido cualquier ser humano, y no al revés, como demagógicamente se dice. La propia conciencia moral es el único camino para la libertad personal.”

    Ante ello, vale evidenciar la recurrencia en el abuso de las falacias informales que afectan la relación de la ética con la retórica expresada desde las filas del oficialismo venezolano que no escatima esfuerzos para utilizar el argumento de la fuerza soportado sobre amenazas y chantajes; el argumento de la piedad, mediante el cual se apela a los sentimientos nobles de los destinatarios; el argumento de la autoridad, que utiliza como telón de fondo a ideas e íconos de personajes famosos; el argumento al pueblo, que constituye la exaltación de odios y pasiones en la masa; el argumento contra la persona a través del cual se busca descalificar y destruir a quien disiente de la “verdad” del régimen.

    La perversa combinación y manipulación en el discurso político de tales falacias y otras más es simplemente inmoral, razón por la cual, tomando en cuenta a J. L. Aranguren, debe advertirse que el punto de partida de una moral dialógica o dialogal en una sociedad civil se traduce en “el respeto al valor moral de la persona, a la dignidad del otro.” Un discurso soportado en la exclusión y la violencia sólo conduce a fomentar el odio y la división, por lo que merece recordarle a su emisor y sus dóciles repetidores estas sabias palabras de Gandhi: “La violencia es el miedo a los ideales de los demás.” Eso es, miedo al pensamiento libre.

viernes, febrero 10, 2012

PLATÓN vs TIRANOS


EL BÚHO DE MINERVA



Diego Márquez Castro

    







    El tema de la tiranía y los tiranos siempre ha fascinado, inquietado, molestado. Cuando se habla en torno a tal particular el concepto de tiranía traduce la idea de gobierno ejercido por un individuo, el tirano o quizás por varios, los tiranos. En todo caso, tal tipo de gobernantes, quienes les rodean y defienden en nombre de cualquier idea o pretexto coinciden el algo: el abuso e imposición en grado extraordinario del poder y la fuerza, acompañados del dominio y explotación irracional de afectos y pasiones, mediante la difusión de un discurso terriblemente persuasivo sobre la voluntad de una sociedad y un país enteros. De esta forma, la tiranía se constituye en un sistema de gobierno en el que se sacrifica el bien de la colectividad en provecho particular de quien ejerce las funciones de gobernar.

    Platón en el libro octavo de su obra La República se expresa por boca de un Sócrates que dialoga con Glaucón: “En cuanto al protector del pueblo, no creas que se duerme en medio de su poderío; sube descaradamente al carro del Estado, destruye a derecha e izquierda a todos aquellos de quienes desconfía, y se declara abiertamente tirano.” Seguidamente, el filósofo hace un análisis sobre la situación del tirano: “Veamos ahora cuál es la felicidad de este hombre y la del Estado que la sufre. Por lo pronto, en los primeros días de su dominación ¿no sonríe graciosamente a todos los que encuentra, y no llega a decir que ni remotamente  particular, librando a todos de sus deudas, repartiendo las tierras entre el pueblo y tratando a todo el mundo con una dulzura y terneza de padre?” Luego, se le cae la máscara, deja de ser amable, obliga a los ciudadanos a pagar impuestos para sufragar sus guerras, para que estos no tengan tiempo para pensar, deliberar, discutir “y sólo piensen en sus diarias necesidades.”

   El filósofo hace referencias a quienes en un principio vieron al tirano como un salvador de la polis, pero luego, desengañados se volvieron en su contra y entonces, el tirano, luego de aprovecharse de ellos y manipularlos a su antojo, considera imperiosamente la necesidad de deshacerse de ellos, si quiere reinar a su  antojo y sin oposición alguna. Las palabras de Sócrates en el texto analizado son lapidarias: “Muy digna de lástima es la condición de un tirano, si se ve obligado a destruir a los mejores ciudadanos, y a convertir a los esclavos de éstos en sus amigos y confidentes. Estos nuevos ciudadanos le admirarán y vivirán con él en la más íntima familiaridad, mientras que los hombres de bien le aborrecerán y huirán de él.” Caídas máscaras y antifaces, la sociedad que aplaudió, exaltó y cantó loas al salvador ahora abominado, rechaza los intentos de sojuzgamiento y en tal sentido el filósofo acota: “El pueblo verá qué hijo ha engendrado, acariciado y encumbrado.” Habrá llegado la hora de elegir la libertad. 

miércoles, febrero 01, 2012

LOCKE: FILÓSOFO Y CIVILISTA

EL BÚHO DE MINERVA



Diego Márquez Castro












Este año se celebra el aniversario 380 del natalicio de John Locke, filósofo inglés que marcó los caminos del pensamiento de la modernidad. Locke es recordado por sus  Dos tratados sobre el gobierno civil, el Ensayo sobre el entendimiento humano, Pensamientos sobre la educación y Carta sobre la tolerancia. A este importante filósofo hay que abordarlo y leerlo como quien escucha la lección del maestro, sobre todo en los tiempos que corren en una sociedad como la nuestra. Así, sus enseñanzas si bien se ubican en un siglo XVII que ya va manifestando una natural aversión y un natural rechazo a quienes usan el poder de manera absoluta, autoritaria y tiránica para poder reprimir la libertad del hombre, ante lo cual se contrapuso el pensamiento civilista de Locke.

   El pensamiento político de Locke gira en torno al valor de la libertad y en tal sentido señala que “la libertad más valiosa es la que está al servicio de la verdadera felicidad”, en virtud de lo cual, frente a las pretensiones de los tiranos de cualquier signo en el sentido de anular las libertades individuales, políticas, económicas y sociales, el filósofo plantea que el hombre es ser creado por Dios “en un estado de completa libertad para ordenar sus actos y para disponer de sus propiedades y de su persona como mejor le plazca, dentro de los límites de la ley natural, sin pedir permiso y sin depender de la voluntad de otra persona.” En tal sentido, de acuerdo al investigador Agustín González Gallego: “La libertad para la disponibilidad de sus propiedades servirá para justificar el uso que se haga de las mismas, el cual, a su vez, determinará el rol que cada uno va a desempeñar en la sociedad civil.”

   Para Locke, nadie, ni los gobernantes ni el Estado podían erigirse en entes interventores y expropiadores de la propiedad de cada ciudadano ni menos erigirse en únicos propietarios. A ese nivel, Locke relaciona estrechamente los conceptos de justicia y libertad, considerándolas piedras angulares de su filosofía política. De esa manera desde su perspectiva pensaba que “la justicia no es otra cosa que el orden mismo de la naturaleza, desarrollada o realizada por el hombre, por la ley de su naturaleza y por su razón; precisamente, una de esas leyes es el derecho a la propiedad. Derecho natural que pertenece a la esencia humana, por lo que la razón ha de buscar los medios para su correcto desarrollo.”    

    Respecto al poder absoluto concentrado en un solo gobernante, que según su opinión “ciertas personas piensan es la única posibilidad de gobierno en el mundo, tal poder es, en realidad, incompatible con la sociedad civil, por lo que no puede, ni tan siquiera considerarse como una forma de poder civil.” Igualmente advierte sobre aquellas sociedades y pueblos que alienan sus derechos a un hombre como encarnación de Estado: “Ningún hombre ni sociedad tiene poder para renunciar a su propia conservación, entregando ese poder a la voluntad absoluta y a la soberanía arbitraria de otra persona. En ese sentido, puede afirmarse que el pueblo es siempre el poder soberano, supremo.” Tal condición permite al pueblo a poner límites a quien ejerce el poder, bien sea como gobernante o legislador, de esta forma Locke plantea que si el pueblo “colocó este poder sólo temporalmente en una persona o asamblea, si quienes lo ejercen lo pierden por faltas que cometen, si se cumple el plazo señalado, el pueblo tiene el derecho de actuar como soberano.”

   Al respecto, Locke vivió enfrentado a quienes en la Inglaterra de su tiempo ejercieron el poder con un sesgo tiránico y absolutista, lo cual por cierto le valió vivir varias años de destierro en Holanda y en tal sentido escribió: “Si la usurpación es un poder que viola lo que es de derecho, un poder así nadie puede tenerlo legalmente. La tiranía consiste en hacer uso del poder que se tiene, mas no para el bien de quienes están bajo ese poder, sino para propia ventaja de quien lo ostenta. Así ocurre cuando el que gobierna no se guía por la ley, sino por su voluntad propia y sus mandatos y acciones no están dirigidos a la conservación de las propiedades de su pueblo, sino a satisfacer su propia ambición, venganza, avaricia o cualquier otra pasión irregular.” Tuvo razón Locke: “Allí donde termina la ley, comienza la tiranía…”Tal suerte de axioma se ha cumplido y hecho efectivo en todos los tiempos, cambiando solamente escenarios y personajes. La historia nos ha entregado múltiples ejemplos y los hechos del presente más que simples evidencias.