EL BÚHO DE MINERVA
Diego Márquez Castro
En un artículo publicado desde el exilio
hace un poco más de seis décadas, Arturo Uslar Pietri observaba lo que sigue: “Quien
no está de un todo conmigo es mi enemigo, y al enemigo con el palo, parece ser
la feroz concepción de la política. Es el retoñar de un viejo mal de nuestra vida pública.”
El escritor comenzaba un interesante análisis sobre la intolerancia como
variable perturbadora en la vida venezolana a través de la historia
republicana, en el pasado y en el presente.
Así, en su reflexión Uslar señaló con acierto: “Mal inveterado de nuestra vida
política y de tremendas consecuencias ha sido ese de no querer ver en los que
nos rodean sino amigos y enemigos; amigos a quienes favorecer y enemigos a
quienes perseguir; amigos que son los buenos y enemigos que son los malos.
Pareciera que la primera preocupación ha sido la de buscarse un adversario,
buscar cabezas en las que descargar nuestra pasión y cavar anchos fosos de
incomunicación para separarnos de todo contacto con los que no está adheridos
sin reservas a nuestro credo.”
Como un hombre de condición universalista,
observó: “Ese espíritu de secta, ese tono de facción, le ha dado a nuestra vida
política un carácter negativo y ha sido uno de los más activos agentes de la
inestabilidad de nuestras instituciones.” Uslar sostuvo que la intolerancia engendra más intolerancia y por eso manifestó
que “esa concepción de la vida política como la batalla perpetua de una facción
fanática contra fanáticas facciones enemigas, no solo es contraria al interés
del país, como lo han demostrado sus trágicos fracasos, sino que reposa sobre
un grave error de apreciación.”
Este venezolano fue un abanderado del
ejercicio del diálogo fructífero entre los actores de nuestra sociedad, lo cual
debía traducirse
en una nueva visión de país: la Venezuela posible, en la cual todos deberíamos
caber, sin exclusiones de ninguna naturaleza, sin perseguidos ni perseguidores.
En virtud de lo cual manifestó: “Si la experiencia ha de tener alguna vez algún
valor en Venezuela, debería comenzar a manifestarse por la adopción de otro
estilo y de otro tono para el debate político. Porque si vamos a hacer un país
estable y una república vivible hay que empezar por sumar las coincidencias y
no por acentuar las divergencias.” Recomendaba Uslar que no había que concebir
la acción política como primordialmente dirigida contra algo o contra alguien
sino a favor de algo que estuviese concebido con tanta y suficiente amplitud
como para abarcar todos los intereses fundamentales del país. Por tal motivo
concluyó: “En lugar de buscar temas de lucha, habría que plantear formas de
cooperación. En lugar de dividir la casa, unirla y engrandecerla.”

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