Francisco José Virtuoso SJ
El déficit de nuestra democracia sigue siendo su sujeto
político
En el discurso político clásico, pueblo hace alusión al
conjunto de pobladores de un Estado, al sujeto de una nación. De manera más
genérica designa al gran colectivo que habita un territorio y posee una
identidad cultural determinada. Pueblo denomina también a los de abajo en
contraposición a los de arriba, de quienes tienen poder y estatus. Pueblo
también es el común, el vulgo, la gente de la calle.
La palabra pueblo es un comodín en el discurso político.
Todos nos sentimos pueblo. En nombre del pueblo todos hablamos y justificamos
nuestro parecer diciendo que es el sentir del pueblo. Poder popular,
democracia, populismo, son diferentes modos de entender qué es el pueblo y cómo
se relaciona con el poder político institucionalizado en el Estado.
La palabra ciudadano,
aunque más abstracta y con menos fortuna en la doctrina y los discursos
políticos, tiene a mi modo de ver más sustancia e implicaciones. Creo que el
secreto está en que conjuga el carácter individual con el colectivo. Implica
una identidad en la que la persona parte de su condición de individuo y se
articula con su entorno y sus semejantes.
Ciudadano es aquel
que se siente parte y doliente de su entorno, de su hábitat, de su comunidad,
de su estado, de su país, entre otros. Que quiere comprometerse con la búsqueda
de soluciones, que construye sus propias organizaciones para intervenir más
eficientemente en procesos de transformación. El ciudadano es el que participa
porque está motivado desde dentro, desde sus propias convicciones.
No es simplemente un
movilizado por intereses partidistas o proselitistas. Ciudadano es aquel que
tiene libertad de denunciar y exigir, sin sentirse preso por sus fidelidades
políticas o creencias ideológicas. De allí que la autonomía, la libertad de
criterio, las garantías para expresarse libremente sin temor a represalias, la
creación de condiciones favorables que garanticen efectivamente su intervención
en la formación, gestión y control de la gestión pública, son condiciones
básicas para una genuina participación.
Quizás la fórmula
política más adecuada es aquella que concibe al pueblo no simplemente como una
masa con una voluntad homogénea, sino como un conjunto integrado por
ciudadanos, un sujeto colectivo, articulado en su diversidad, plural, pero
capaz de generar acuerdos.
El déficit de nuestra
democracia sigue siendo su sujeto político. En la medida en que eso que
llamamos pueblo adquiera entidad, personalidad propia, autonomía, conciencia de
sus derechos y deberes, manifieste su pluralidad y a la vez su capacidad de
construir acuerdos, podremos acercarnos más al ideal de democracia que los
venezolanos aspiramos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario