Guillermo D.
Mosquera C.
CORREO DEL
CARONÍ. - 21 de febrero 2012
Preocupaba a
nuestro Libertador sobre la incipiente república, al estar: “Uncido el pueblo
americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos
podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”.
Los antiguos
griegos representaban la virtud con una hermosa deidad llamada Areté y de la
que aún se conserva su esfinge de magna figura y belleza en la ciudad de Éfeso,
hoy Turquía. Sócrates aludía a la virtud como aquel atributo que permite al
hombre distinguir o diferenciar claramente entre el bien y el mal. Platón lo
atribuía a una cualidad del alma y que podía ser perfeccionada o develada tal y
como un escultor devela una hermosa escultura al cincelar progresivamente la
piedra bruta, para dejar al descubierto el tesoro oculto dentro de aquel bloque
sin forma. La ausencia de la virtud la atribuye Bolívar a la falta de educación
o ignorancia. La acción de educarse es una liberación como lo señaló Heidegger,
que permite al hombre surgir de la barbarie para alcanzar su verdadera
“humanidad”, la acción civilizatoria (Bildung) es lo que convierte al
“hombre-masa” en ciudadano, lo que transformará las masas (homo barbarus) en
una república de ciudadanos. Temía también el Libertador que esta debilidad
constitutiva propiciase la vocación por liderazgos mesiánicos y totalitarios
por no tener suficiente firmeza para asimilar y sostener la libertad.
La concepción
psicológica del hombre-masa en la obra de Ortega y Gasset, señala a aquellos
grupos sociales cuya necesidad de saciar sus apetitos elementales (libre
expansión de deseos vitales) inhabilita despertar estadios superiores de
humanidad y optar por aquellos anhelos del alma que apuntan como fin último, a
alcanzar la virtud. Este estadio vital de hombre-masa pasa por acomodarse al
entorno. Cualquier proyecto superior queda anulado por cuanto se sienten “como
todo el mundo…” y esto lo hace vulgar… y siendo vulgar se reafirma a sí mismo
pues se asemeja a quienes les rodean. Y se niega a alguna instancia
civilizatoria, solo espera que todos los que estén a su alrededor tengan sus
mismas características. Quien no se asemeje no es parte de la masa y es tratado
con violencia, pues la violencia es el lenguaje de la barbarie, “la doctrina”.
Pero también la violencia es el lenguaje del Estado hecho a imagen y semejanza
de la masa: “El estatismo es la forma superior que toman la violencia y la
acción directa constituidas en norma. A través y por medio del Estado, máquina
anónima, las masas actúan por sí mismas”. Al fin y al cabo, el Estado se
compone de los hombres de esa sociedad.
El Estado
adquiere dimensiones inimaginables y el intervencionismo del Estado amenaza con
la estatificación de la vida misma, “la anulación de la espontaneidad
histórica”. Pero esto funciona para el hombre-masa… cuando siente apetito o
desventura, sólo basta recurrir al Estado para que sin riesgo, sin esfuerzo
alguno ni lucha, la portentosa máquina sustente a través de la dadiva.
Y no es la
ignorancia per se la que domina al hombre-masa. El desarrollo científico y
tecnológico del siglo XIX demandaba hombres competentes en su ciencia, más se
mantenían ignorantes de la interpretación de la historia, de su propia historia
y sucumbe en el intento. La alta especialización ha desarrollado científicos
hábiles para la tarea, pero ignorantes de su propia inanición humana, un
individuo sabio-ignorante.
El Estado debe
dar la sensación de ser un Estado fuerte, a tal efecto es bélico, también es
ejército, por lo que la sociedad se militariza. La inmensa burocratización
empobrece a la sociedad, por lo tanto todos dependen del Estado. Paradójico
¿no? El Estado hecho a imagen y semejanza del hombre-masa termina fagocitando
los espacios de libertad, incluso de la libertad individual. Razón tenía
nuestro Libertador cuando intuía interpretando a Rousseau, que la libertad es
un alimento suculento pero de difícil digestión y la única fórmula para
mantener la libertad es a través del conocimiento y la práctica de la virtud.
Alcanzar una república de ciudadanos sólo es posible cuando en el seno de un
pueblo brote el germen que incline la balanza hacia el más elevado de los
propósitos humanos, alcanzar la virtud y por contagio propenda convertirse en
mayoría. Esto consecuentemente tendrá un efecto favorable para la
transformación a un Estado mínimo, pues el desarrollo de la virtud favorece el
imperio de las leyes.
Finalmente,
Ortega y Gasset decía que el hombre-masa ha de referir su vida a una instancia
superior que es conformada por “las minorías excelentes”. Por una ley más
poderosa que la misma ley física de Newton, que denominó “ley de la física
social” el hombre está constitutivamente inclinado a buscar una instancia
superior. Sin embargo, estas minorías excelentes habrían de cultivar “la
auténtica filosofía” para brindar un andamio necesario, para acoger aquellos
que la providencia destine a cultivar la virtud. Remitiéndonos nuevamente al
ideal del Libertador en su discurso ante el Congreso de Angostura de 1819:
“Dignaos, legisladores, acoger con indulgencia la profesión de mi conciencia
política, los últimos votos de mi corazón y los ruegos fervorosos que a nombre
del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un gobierno
eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene
la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia,
la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar, bajo el imperio de leyes
inexorables, la igualdad y la libertad”.
Excelente artículo. Muchas aristas en lo que toca. Lo cierto es que los que tenemos algunas décadas de vida hemos sido testigos históricos de un profundo cambio en los hábitos y costumbres que han enaltecido la entropía social, ocasionando un estado de anomia generalizado. La educación de valores en los niños era, otrora, área de competencia de todos, incluyendo en primera instancia a los maestros. La continua y sostenida mediocrización de la educación, el comportamiento laxo e informal que se ha acrecentado y las leyes que le ha acotado al maestro la sola instrucción operacional y la quitó la formación en valores ha sido un cóctel diabólico. Esto, entre otros factores que sería largo el solo enumerarlos. Cabe destacar, sin embargo, y para finalizar, que esto ha ocurrido en muchas otras sociedades (países),... aunque no en todos.
ResponderEliminarVolviendo a leer este artículo, quizás con más lucidez, me consigo con algunos planteamientos interesantes y polémicos.
ResponderEliminar"...en el seno de un pueblo brote el germen que incline la balanza hacia el más elevado de los propósitos humanos, alcanzar la virtud y por contagio propenda convertirse en mayoría. Esto consecuentemente tendrá un efecto favorable para la transformación a un Estado mínimo, pues el desarrollo de la virtud favorece el imperio de las leyes."
Es un ideal que brote en el seno de un pueblo ese germen, a menos que el nivel educativo sea realmente alto (caso de Noruega, por ejemplo). En lo que toca a la frase "...el desarrollo de la virtud favorece el imperio de las leyes". Es cierto que ocurriría, sin embargo mientras más virtud hubiese en una sociedad, menos falta harían las leyes...