EL BÚHO DE
MINERVA
Diego
Márquez Castro
En 1934, un Adolfo Hitler exudando poder,
destacó en un discurso lo siguiente: “Yo libero al hombre de la constricción de
un espíritu convertido en fin de sí mismo; de las sucias y humillantes
autoaflicciones de una quimera llamada conciencia y moral, y de las
pretensiones de una libertad y una autodeterminación personal, a la que sólo
muy pocos puedan aspirar.” Esas palabras reflejan algo aterrador: En la medida
que una porción de la sociedad se pliega a las pretensiones de poder
monocrático de un líder, sus miembros se alienan a la voluntad y al discurso
del mismo, entregándole su moral y su vida así como su libertad.
Un análisis al fragmento citado lleva a
transcribir una reflexión de J. A. Agejas: “El papel de la conciencia es clave en
las decisiones personales, pues es la raíz de la libertad personal, y, por tanto,
del crecimiento moral. Por eso las tiranías prometen la liberación de la
conciencia, no del hombre: prometen una falsa libertad. La liberación de la
moral no es más que la tiranía mayor a la que puede estar sometido cualquier
ser humano, y no al revés, como demagógicamente se dice. La propia conciencia
moral es el único camino para la libertad personal.”
Ante ello, vale evidenciar la recurrencia
en el abuso de las falacias informales que afectan la relación de la ética con
la retórica expresada desde las filas del oficialismo venezolano que no
escatima esfuerzos para utilizar el argumento
de la fuerza soportado sobre
amenazas y chantajes; el argumento de la
piedad, mediante el cual se apela a los sentimientos nobles de los
destinatarios; el argumento de la
autoridad, que utiliza como telón de fondo a ideas e íconos de personajes
famosos; el argumento al pueblo, que
constituye la exaltación de odios y pasiones en la masa; el argumento contra la persona a través del
cual se busca descalificar y destruir a quien disiente de la “verdad” del
régimen.
La perversa combinación y manipulación en
el discurso político de tales falacias y otras más es simplemente inmoral,
razón por la cual, tomando en cuenta a J. L. Aranguren, debe advertirse que el
punto de partida de una moral dialógica o dialogal en una sociedad civil se
traduce en “el respeto al valor moral de la persona, a la dignidad del otro.”
Un discurso soportado en la exclusión y la violencia sólo conduce a fomentar el
odio y la división, por lo que merece recordarle a su emisor y sus dóciles
repetidores estas sabias palabras de Gandhi: “La violencia es el miedo a los
ideales de los demás.” Eso es, miedo al pensamiento libre.

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