EL BÚHO DE MINERVA
Diego Márquez Castro
El “conversatorio” con el que se pretendió conmemorar el décimo aniversario de los sucesos de abril de 2002, en el cual hubo un solo conversador y el “balconazo” posterior, lleno de amenazas contenidas en un discurso delirante, constituyen una muestra palpable de que históricamente se va cerrando un ciclo en nuestro país y se perfila uno nuevo que partiendo de las experiencias del pasado y de las situaciones del presente, se encamina hacia un futuro que está a nuestras puertas. Vivir anclado en el pretérito ya de por sí constituye un drama existencial tanto para cualquier persona como para un gobierno. Después de tanto tiempo la sociedad venezolana, salvo una minoría fanatizada, rechaza de manera rotunda el esquema divisionista que se le ha pretendido imponer generando la situación de un país fracturado entre bolivarianos y antibolivarianos; revolucionarios y contrarrevolucionarios y ahora, socialistas y antisocialistas… Debemos percatarnos los venezolanos que se quiere hacer efectivo aquel antiguo pero vigente principio de “dividir para reinar”.
Ha llegado el tiempo de confrontar cívicamente tal principio concretado en planes políticos y en una retórica llena de violencia y descalificaciones que llama al enfrentamiento entre los venezolanos. No es la primera vez que tal situación ocurre en Venezuela, pero tal vez nunca con la gravedad de ahora. Para que este país se recupere en democracia, es necesario desterrar del colectivo todo lo que nos ha separado en estos años porque si no logramos superar esta situación traumática poco o nada podremos avanzar. Esta es la primera lección que debería enseñarnos a los venezolanos este período. A los efectos, unas palabras de un compatriota de excepción como Arturo Uslar Pietri caben para este momento histórico, quien proponía ante las fracturas de nuestra sociedad, una toma de conciencia política que implicase el cese de la movilización agresiva de los espíritus: “mientras no nos despojemos de los odios y de las ansias de retaliación no habrá ambiente para tratar de estas cosas ni para hallarles la solución verdadera”. De allí que la lección de los graves sucesos de estos últimos años deben haber enseñado a los venezolanos debería radicar en que “ni el odio ni la violencia son capaces de construir nada duradero, y que el único camino de la salvación nacional es el áspero y difícil de una efectiva concordia, el de una verdadera y cabal rectificación de los errores pasados”.
Un país reconciliado deberá reconstruir “el edificio de unas instituciones donde pudieran caber todos sin exclusiones y sin privilegios”, lo que significará devolverle la autonomía a los poderes públicos para que entre sí, cada uno con sus respectivas atribuciones y límites, contribuyan a generar y consolidar un Estado dinámico y moderno, libre de atavismos, lo que las transformarían en “unas instituciones respetables y respetadas que pudieran durar y crecer con la democracia venezolana”. Finalmente ante el funesto legado de la división recomendó: “entendimiento es lo que los venezolanos necesitamos y lo que Venezuela pide de nosotros. No el cultivo artificial de divergencias y pugnas. No sería menos absurdo que nos hubiéramos de odiar porque entendemos de distinto modo el amor de Venezuela. El verdadero amor de Venezuela, por el contrario, es lo que debe acercarnos a todos los que lo sentimos y empequeñecer nuestras divergencias. Si de algo necesita Venezuela es de la afirmación de ese espíritu cooperativo, afirmativo y no sectario. Una concepción de la política que vaya contra el odio y la exclusión y trate de implantar la convivencia y el pacífico debatir, en función de crear un país cada vez más ancho y cada vez más abierto para sus hijos. Es lo que significa la palabra concordia”. El futuro se abre con esperanza para esta sociedad nuestra acosada por el flagelo de la violencia en todas sus manifestaciones que ha privilegiado la pugnacidad y el odio artificial entre los venezolanos. Un país no crece en el resentimiento y la separación. Un país reconciliado une, no divide; construye, no destruye.

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