Una de las virtudes que no tenemos –al
menos muchos de nosotros- es la de adivinar el futuro. Ahora bien, muchas veces
uno puede vislumbrar algunos aspectos del futuro basándose en las situaciones
presentes y pasadas. He ahí uno de los motivos para considerar importante la
Historia.
Quisiera ser optimista respecto al futuro, y lo soy en lo que pudiera llamarse
el panorama global. Pero en algunas cosas uno ser reserva ese optimismo, y en
otras simplemente se es pesimista. Además, bien nos consta que para algunos
unas cosas son buenas, y esas mismas cosas son malas para otros. El próximo
gobierno no tiene muchas oportunidades de llegar a ser un buen gobierno en el sentido clásico de esa
calificación. Ojalá me equivoque, pero desde mi óptica así será. Puede lograr,
sin embargo, cambios importantes, cuya bondad se podrían ver a mediano y a
largo plazo, siempre que lidere las acciones
que necesariamente debemos realizar los venezolanos para hacer realidad los postergados
-hoy urgentes- cambios, y su gestión sea pulcra y conforme a los intereses
nacionales.
Los países normalmente se recuperan de manera más o menos rápida o lenta de una
catástrofe dependiendo de su gente y de sus líderes. Aquí tendríamos que
decir: dependiendo de sus líderes y de su gente, porque seguimos siendo
mesiánicos en nuestro discurso. Es cierto que un buen jefe de gobierno convocaría
a los mejores para su gabinete. Estos ministros deberían convocar, a su vez, a
los mejores para las diversas direcciones o institutos a su cargo, y estos
directores a los mejores para las jefaturas departamentales, y así
sucesivamente hacia abajo para lograr una gestión exitosa. Aunque ésto se
alcanzara, cosa que de por sí es muy difícil, quedan escollos inmensos por
salvar; por decir algunos de ellos: el tejido social está tan destruido como la
infraestructura física y la economía del país; las finanzas del estado parecen
ser una caja de Pandora, y
si son oscuras es probable que sea por algún motivo igualmente turbio; las
instituciones están tan disueltas como pueden estarlo. No es de asombrarse,
pues el gobierno anunció que para lograr una patria nueva era menester destruir
lo viejo. Es un criterio suicida que no compartimos. La innovación, el verdadero cambio es hacerlo sin destruir, a través de
la evolución.
La tercera vía que nunca tomó, porque no hay imaginación y, ciertamente,
creemos que tampoco voluntad para ello, quedó solo como promesa electoral.
Hemos sido vilmente engañados.
No somos el Ave Fénix. Ni siquiera
tenemos una voluntad férrea como la de los alemanes, que rescataron su nación
de las ruinas luego de la II Guerra Mundial, y
se reunificaron hace unos 20 años, en un proceso que incluyó el hecho de que
media nación tuvo que mantener a la otra media nación mientras éstos últimos
aprendían a ser productivos, ya que venían de un régimen comunista que era caldo de cultivo para gente
sin capacidades ni motivaciones. Somos un país normal tendiendo a pobre, y
ahora tenemos un gran sector de la población acostumbrada a sobrevivir con lo
mínimo que le da el gobierno, sin ejercer ninguna actividad productiva, o que
se dedica a actividades productivas marginales; cada vez mas alejados de la
autarquía.
El próximo gobierno, si es bueno, solo logrará detener el proceso de deterioro
que viene acusando nuestra Venezuela desde hace décadas, y que se ha acentuado
exponencialmente en la última. Quizás, si es mejor que bueno, comience la
reconstrucción, el “milagro venezolano”, y eso no es tarea que se haga
rápidamente.

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