José Escalona
En este trabajo me
propongo hacer un control de lectura acerca de la obra de Immanuel Kant “FUNDAMENTACIÓN DE LA METAFÍSICA DE LAS
COSTUMBRES”[1],
presentando de forma resumida el contenido del libro y al final mis
conclusiones y opiniones personales. La obra fue escrita en 1785 y consta
de tres capítulos con algunos sub
capítulos, a saber:
CAPÍTULO PRIMERO: Tránsito del
conocimiento moral común de la razón al conocimiento filosófico.
CAPÍTULO SEGUNDO: Tránsito de la
filosofía moral popular a la metafísica de las costumbres.
La autonomía de
la voluntad como supremo principio de la moralidad.
La heteronomía
de la voluntad como origen de todos los principios legítimos de la moralidad.
División de
todos los principios posibles de la moralidad según el concepto fundamental ya
admitido de la heteronomía.
CAPÍTULO TERCERO: Último paso de
la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón pura práctica.
El concepto de
libertad es la clave para explicar la autonomía de la voluntad.
La libertad como
propiedad de la voluntad de todos los seres racionales debe ser presupuesta.
¿Cómo es posible
un imperativo categórico?
Observación
final.
Procederé ahora a realizar
el resumen de cada capítulo.
Analizando
el Capítulo Primero conseguimos que Kant se centra en desarrollar la idea de la
razón como facultad natural que permite la conducción de la voluntad hacia el
bien, es decir la buena voluntad como bien supremo y condición de cualquier
otro, pues la obtención de otros fines o necesidades, como la felicidad,
estaría mejor garantizado por las inclinaciones (instintos) o por cualquier
intención egoísta, y llega al concepto del deber que contiene el de una buena
voluntad, haciendo la propuesta de que “… una
acción hecha por deber no tiene su valor moral en el propósito que por medio de
ella se quiere alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido resuelta: no
depende pues, de la realidad del objeto de la acción, sino meramente del
principio del querer según el cual ha sucedido la acción, prescindiendo de
todos los objetos de la facultad de desear…” y agrega más adelante que “…No puede residir más que en el principio
de la voluntad, prescindiendo de los fines que puedan realizarse por medio de
la acción…, el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley…, No
queda, pues, otra cosa que pueda determinar la voluntad más que, objetivamente,
la ley, y subjetivamente, el respeto puro a esa ley práctica, y por lo tanto,
la máxima de obedecer siempre a esa ley,
incluso con perjuicio de todas mis inclinaciones”.
El mismo Kant define
que una máxima es el principio
subjetivo del querer (voluntad) y el principio objetivo es la ley práctica, y que la legalidad
universal de las acciones es el único principio de la voluntad, y mi máxima
debe valer, tanto para los demás como para mí, como ley universal, si no es una
máxima reprobable.
Sin embargo, nuestro autor reconoce que existe
una dialéctica natural, que es una “tendencia a discutir esas estrechas leyes
del deber, a poner en duda su validez, o al menos su pureza y severidad
estrictas, acomodándolas en lo posible a nuestros deseos e inclinaciones”,
que la razón no puede permitir ni
aprobar y siente necesidad de recurrir a la filosofía para equilibrar la ley
universal con las tendencias e inclinaciones, que denomina razón práctica común.
Luego
en el Capítulo Segundo conseguimos que nuestro autor expone
los diferentes tipos de preceptos y sus imperativos, especificando que existen
preceptos de habilidad, sagacidad y moralidad.
El imperativo de
habilidad se corresponde con el arte y la técnica, es dado como un
procedimiento o metodología (asertórico), es un principio hipotético de la
voluntad como medio y propósito para conseguir un fin y si se libera del fin se
libera del precepto.
El imperativo de
sagacidad corresponde a los fines pragmáticos del bienestar, posible
(problemático), es un principio hipotético de la voluntad como medio y
propósito para conseguir un fin y si se libera del fin se libera del precepto.
El imperativo de
moralidad corresponde a las costumbres y a la conducta libre en general, es
categórico, universal (apodíctico), es una ley práctica que constituye un fin
en sí mismo y no se libera del precepto.
Expresa su sospecha
general de que algunos imperativos aparentemente categóricos pueden ser en el
fondo hipotéticos, por causa de las inclinaciones (instintos o resortes) que
pueden coincidir con el imperativo categórico, pero en caso contrario también
pueden hacer que incumplamos el
imperativo aunque lo reconozcamos como tal, produciendo excepciones, y entonces
ya no sería universal sino general, subjetivo pero no objetivo.
Define la voluntad como la facultad de
determinarse uno a sí mismo a obrar conforme a la representación de las leyes
(el deber); hace diferencia entre estímulo
y motivo, siendo el primero el medio,
de carácter subjetivo, material, relativo; y el segundo es el fin, de carácter
objetivo, absoluto, universal y formal.
Propone tres principios
de moralidad, a saber:
Primer principio de moralidad:
“El hombre, y en general todo ser
racional, existe como un fin en sí mismo y no sólo como medio para cualesquiera
uso de esta o aquella voluntad, y debe ser considerado siempre al mismo tiempo
como fin en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo sino las
dirigidas también a los demás seres racionales.”
Segundo principio de moralidad:
Es el imperativo práctico que dice “obra
de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la
de cualquier otro, siempre como un fin y nunca sólo como un medio”.
Tercer principio de moralidad:
Establece la voluntad como condición suprema de la concordancia entre ésta y la
razón práctica universal, “… la idea de
la voluntad de todo ser racional como una voluntad legisladora universal…”, y
según este principio han de rechazarse todas aquella máximas que no puedan
compatibilizarse con la propia legislación universal de la voluntad, pues ésta
no está sometida sin más a la ley, sino que lo está de manera que pueda ser
considerada como auto legisladora. Existe un deber de la acción que corresponde a la ley moral propia y se
somete a la autonomía de la voluntad, y una necesidad
de la acción, que corresponde a otra ley obligatoria y es heterónoma.
Para la explicación de
estos principios expone ejemplos relacionados con el suicidio, la falsa
promesa, el deber contingente para con uno mismo (el descuido de nuestras
capacidades por dedicarse a otras comodidades)
y el deber meritorio para con los demás.
Seguidamente presenta
la posibilidad de un reino de los fines,
definiendo como reino el enlace
sistemático de distintos seres racionales mediante leyes comunes, en el cual
las leyes determinan los fines, y si prescindimos de las diferencias personales
y de todo contenido de sus fines privados se puede pensar en una totalidad de
los fines, según los tres principios antes expuestos; afirma que un ser
racional pertenece como miembro de este reino cuando forma parte como
legislador universal y cuando se halla sujeto a las leyes, y la moralidad
consiste en la relación de toda acción con aquella legislación por la cual es
posible un reino de los fines.
En este reino de los
fines todo tiene un precio o una dignidad, donde el precio puede ser sustituido
por un equivalente, tales como las inclinaciones o las necesidades; pero la
dignidad está por encima de todo precio y no tiene equivalente, es algo que
tiene un fin en sí mismo y tiene un valor interno, tales como la moralidad y la
humanidad, donde se puede destacar la fidelidad en las promesas, la
benevolencia por principio y la legislación misma, aclarando que la autonomía
de la voluntad es el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y
racional.
Concibe la autonomía de
la voluntad como el supremo principio de la moralidad, admitiendo que es una
proposición sintética a priori y no
puede demostrarse; acerca de la heteronomía de la voluntad piensa que es el
origen de todos los principios ilegítimos de la moralidad y consiste sólo de
imperativos hipotéticos, pues no es entonces la voluntad la que se da a sí
misma la ley, sino que es el objeto, por su relación con la voluntad, el
encargado de dar tal ley; en cambio, el imperativo moral sostiene que debo
obrar de este o de aquel modo al margen absolutamente de lo que yo quiera.
En
el Capítulo Tercero se analiza el concepto de libertad como
la clave para la autonomía de la voluntad, afirmando que la libertad es la
autonomía y la propiedad de la voluntad de ser una ley para sí misma, la
libertad y la voluntad deben atribuirse a todos los seres racionales por igual.
Explica que la razón
excede en mucho todo lo que la sensibilidad puede darle, limita y separa el
mundo sensible y el inteligible y ella misma pertenece al mundo inteligible,
pero sabe que pertenece también al mundo sensible como ser natural y sometido a
leyes naturales.
Entonces afirma que la
libertad es la independencia de las causas determinantes del mundo sensible,
concluyendo que la naturaleza está determinada por el principio de causalidad,
mientras que la libertad depende del principio de imputabilidad, siendo el
primer principio de inevitable cumplimiento pero el segundo es una opción de la
voluntad buena.
Dice que “… las leyes del mundo inteligible habré de
considerarlas como imperativos, y las acciones conforme a éstos como deberes…”.
Concluye que la libertad es una mera idea cuya realidad objetiva no puede
exponer de ninguna manera.
CONCLUSIONES
Percibo que Kant usó
como modelo fundamental la teoría de las ideas de Platón, en la cual el pupilo
de Sócrates trató de explicar la existencia del mundo material y el mundo
formal o de las ideas, el mundo sensible y el inteligible; o sea por un lado el
mundo que puede ser percibido por los sentidos, donde ocurren los hechos de la
experiencia o fenómenos afectados por el espacio y el tiempo, y por otro lado
el mundo que sólo puede ser percibido
por la inteligencia o la razón, donde las ideas puras y el alma pueden existir
y de donde emanan las ideas que dan forma al mundo material.
Este modelo platónico
sirvió como plataforma para integrar la controversia de la ciencia de su época
acerca de la validez del conocimiento científico, pues por un lado la filosofía
empirista reclamaba como válido sólo el conocimiento que podía ser verificado
por la experiencia, tal como lo argumentaba el filósofo y jurista inglés David
Hume, y por su parte la filosofía
racionalista, en especial la epistemología francesa, reclamaba que sólo podía ser admitido el
conocimiento que pudiera pasar el examen de la razón, tal como lo predicó
Renato Descartes en su Discurso del Método.
Kant argumenta que
ambas posiciones no son más que la expresión aislada de las capacidades de los
seres racionales, los seres humanos, quienes al poseer cuerpo y alma,
percepción sensorial de los fenómenos
físicos, y percepción inteligible o racional del mundo de las ideas o noúmenos, entonces puede y debe hacer
uso de ambas capacidades para la validación del conocimiento, pretendiendo así
dar por terminada la disputa empírico – racional con su teoría del conocimiento
a priori, fruto de la razón
pura, y a posteriori, fruto de la razón
práctica, dando paso así a lo que se llamó criticismo o filosofía
trascendental, por las obras de su llamado período
crítico, entre las que podemos destacar
Crítica de la razón pura (1781),
Crítica de la razón práctica (1788),
Critica de la facultad de juzgar (1790), y La fundamentación de la
metafísica de las costumbres (1797).
Sin embargo no se quedó
nuestro filósofo en las disputas epistemológicas, sino que emprendió el estudio
de la explicación de toda moral, basado en la capacidad inteligible o racional
que puede producir conocimiento puro a
priori, sin mediar ninguna experiencia o percepción sensorial, y así pudo
concebir los dos tipos de imperativos que impulsan la conducta humana: los
imperativos hipotéticos o condicionados, que dependen del mundo físico o de la
naturaleza, fundados en la razón práctica, los impulsos o resortes de las
inclinaciones o necesidades (instintos); y los imperativos categóricos o absolutos,
que dependen exclusivamente de la razón pura a priori, que determinan la voluntad buena al constreñir la acción
humana a actuar conforme al deber.
Pero finalmente
fundamenta la posibilidad de la buena voluntad en la existencia de la libertad,
lo cual implica que los seres racionales puedan hacer uso de la razón para
escoger entre la satisfacción de sus inclinaciones (felicidad) o el
cumplimiento del deber (moralidad), siendo entonces un proceso dialéctico que
conduciría hacia el reino de los fines, donde necesariamente la acción sería
regida por el imperativo categórico, según los tres principios de la moralidad.
Concluyo que es
imprescindible el estudio de Kant para la adecuada comprensión de la moral y la
ética, pues sus planteamientos abarcan o integran de manera amplia el
conocimiento de su época, de tal manera que posteriormente ha influido en casi
todas las áreas del conocimiento científico y filosófico.
JOSÉ
ESCALONA
Maestría
en Filosofía UCAB (cursante)
Febrero
de 2012
[1]
Kant, Immanuel. Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres. Documento en línea, consultado en página web http://www.luventicus.org/articulos/02u002,
en fecha 20/01/12, con resumen y notas por Andrés Luetich, y el texto completo
de la obra la página web de la Universidad ARCIS, http://www.philosophia.cl/biblioteca/Kant/fundamentacion%20de%20la%20metafisica%20de%20las%20costumbres.pdf,
consultado en fecha 11/02/12.
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