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Jorge Luis Borges

jueves, mayo 31, 2012

Inmanuel Kant; Fundamentación de la metafísica de las costumbres: el deber como imperativo categórico


José Escalona

                                      
En este trabajo me propongo hacer un control de lectura acerca de la obra de Immanuel Kant “FUNDAMENTACIÓN DE LA METAFÍSICA DE LAS COSTUMBRES”[1], presentando de forma resumida el contenido del libro y al final mis conclusiones y opiniones personales. La obra fue escrita en 1785 y consta de  tres capítulos con algunos sub capítulos, a saber:

CAPÍTULO PRIMERO: Tránsito del conocimiento moral común de la razón al conocimiento filosófico.

CAPÍTULO SEGUNDO: Tránsito de la filosofía moral popular a la metafísica de las costumbres.
La autonomía de la voluntad como supremo principio de la moralidad.
La heteronomía de la voluntad como origen de todos los principios legítimos de la moralidad.
División de todos los principios posibles de la moralidad según el concepto fundamental ya admitido de la heteronomía.

CAPÍTULO TERCERO: Último paso de la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón pura práctica.
El concepto de libertad es la clave para explicar la autonomía de la voluntad.
La libertad como propiedad de la voluntad de todos los seres racionales debe ser presupuesta.
¿Cómo es posible un imperativo categórico?
Observación final.

Procederé ahora a realizar el resumen de cada capítulo.

Analizando el Capítulo Primero conseguimos que  Kant se centra en desarrollar la idea de la razón como facultad natural que permite la conducción de la voluntad hacia el bien, es decir la buena voluntad como bien supremo y condición de cualquier otro, pues la obtención de otros fines o necesidades, como la felicidad, estaría mejor garantizado por las inclinaciones (instintos) o por cualquier intención egoísta, y llega al concepto del deber que contiene el de una buena voluntad, haciendo la propuesta de que “… una acción hecha por deber no tiene su valor moral en el propósito que por medio de ella se quiere alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido resuelta: no depende pues, de la realidad del objeto de la acción, sino meramente del principio del querer según el cual ha sucedido la acción, prescindiendo de todos los objetos de la facultad de desear…”  y agrega más adelante que “…No puede residir más que en el principio de la voluntad, prescindiendo de los fines que puedan realizarse por medio de la acción…, el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley…, No queda, pues, otra cosa que pueda determinar la voluntad más que, objetivamente, la ley, y subjetivamente, el respeto puro a esa ley práctica, y por lo tanto, la máxima  de obedecer siempre a esa ley, incluso con perjuicio de todas mis inclinaciones”.

El mismo Kant define que una máxima es el principio subjetivo del querer (voluntad) y el principio objetivo es la ley práctica, y que la legalidad universal de las acciones es el único principio de la voluntad, y mi máxima debe valer, tanto para los demás como para mí, como ley universal, si no es una máxima reprobable.

 Sin embargo, nuestro autor reconoce que existe una dialéctica natural, que es una “tendencia a discutir esas estrechas leyes del deber, a poner en duda su validez, o al menos su pureza y severidad estrictas, acomodándolas en lo posible a nuestros deseos e inclinaciones”, que la razón no puede  permitir ni aprobar y siente necesidad de recurrir a la filosofía para equilibrar la ley universal con las tendencias e inclinaciones, que denomina razón práctica común.

Luego en el Capítulo Segundo conseguimos que nuestro autor expone los diferentes tipos de preceptos y sus imperativos, especificando que existen preceptos de habilidad, sagacidad y moralidad.

El imperativo de habilidad se corresponde con el arte y la técnica, es dado como un procedimiento o metodología (asertórico), es un principio hipotético de la voluntad como medio y propósito para conseguir un fin y si se libera del fin se libera del precepto.

El imperativo de sagacidad corresponde a los fines pragmáticos del bienestar, posible (problemático), es un principio hipotético de la voluntad como medio y propósito para conseguir un fin y si se libera del fin se libera del precepto.

El imperativo de moralidad corresponde a las costumbres y a la conducta libre en general, es categórico, universal (apodíctico), es una ley práctica que constituye un fin en sí mismo y no se libera del precepto.
Expresa su sospecha general de que algunos imperativos aparentemente categóricos pueden ser en el fondo hipotéticos, por causa de las inclinaciones (instintos o resortes) que pueden coincidir con el imperativo categórico, pero en caso contrario también pueden hacer que incumplamos  el imperativo aunque lo reconozcamos como tal, produciendo excepciones, y entonces ya no sería universal sino general, subjetivo pero no objetivo.

Define la voluntad como la facultad de determinarse uno a sí mismo a obrar conforme a la representación de las leyes (el deber); hace diferencia entre estímulo y motivo, siendo el primero el medio, de carácter subjetivo, material, relativo; y el segundo es el fin, de carácter objetivo, absoluto, universal y formal.

Propone tres principios de moralidad, a saber:

Primer principio de moralidad: “El hombre, y en general todo ser racional, existe como un fin en sí mismo y no sólo como medio para cualesquiera uso de esta o aquella voluntad, y debe ser considerado siempre al mismo tiempo como fin en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo sino las dirigidas también a los demás seres racionales.”
Segundo principio de moralidad: Es el imperativo práctico que dice “obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca sólo como un medio”.
Tercer principio de moralidad: Establece la voluntad como condición suprema de la concordancia entre ésta y la razón práctica universal, “… la idea de la voluntad de todo ser racional como una voluntad legisladora universal…”, y según este principio han de rechazarse todas aquella máximas que no puedan compatibilizarse con la propia legislación universal de la voluntad, pues ésta no está sometida sin más a la ley, sino que lo está de manera que pueda ser considerada como auto legisladora. Existe un deber de la acción que corresponde a la ley moral propia y se somete a la autonomía de la voluntad, y una necesidad de la acción, que corresponde a otra ley obligatoria y es heterónoma.

Para la explicación de estos principios expone ejemplos relacionados con el suicidio, la falsa promesa, el deber contingente para con uno mismo (el descuido de nuestras capacidades por dedicarse a otras comodidades)  y el deber meritorio para con los demás.

Seguidamente presenta la posibilidad de un reino de los fines, definiendo como reino el enlace sistemático de distintos seres racionales mediante leyes comunes, en el cual las leyes determinan los fines, y si prescindimos de las diferencias personales y de todo contenido de sus fines privados se puede pensar en una totalidad de los fines, según los tres principios antes expuestos; afirma que un ser racional pertenece como miembro de este reino cuando forma parte como legislador universal y cuando se halla sujeto a las leyes, y la moralidad consiste en la relación de toda acción con aquella legislación por la cual es posible un reino de los fines.

En este reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad, donde el precio puede ser sustituido por un equivalente, tales como las inclinaciones o las necesidades; pero la dignidad está por encima de todo precio y no tiene equivalente, es algo que tiene un fin en sí mismo y tiene un valor interno, tales como la moralidad y la humanidad, donde se puede destacar la fidelidad en las promesas, la benevolencia por principio y la legislación misma, aclarando que la autonomía de la voluntad es el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y racional.

Concibe la autonomía de la voluntad como el supremo principio de la moralidad, admitiendo que es una proposición sintética a priori y no puede demostrarse; acerca de la heteronomía de la voluntad piensa que es el origen de todos los principios ilegítimos de la moralidad y consiste sólo de imperativos hipotéticos, pues no es entonces la voluntad la que se da a sí misma la ley, sino que es el objeto, por su relación con la voluntad, el encargado de dar tal ley; en cambio, el imperativo moral sostiene que debo obrar de este o de aquel modo al margen absolutamente de lo que yo quiera.

En el Capítulo Tercero se analiza el concepto de libertad como la clave para la autonomía de la voluntad, afirmando que la libertad es la autonomía y la propiedad de la voluntad de ser una ley para sí misma, la libertad y la voluntad deben atribuirse a todos los seres racionales por igual.

Explica que la razón excede en mucho todo lo que la sensibilidad puede darle, limita y separa el mundo sensible y el inteligible y ella misma pertenece al mundo inteligible, pero sabe que pertenece también al mundo sensible como ser natural y sometido a leyes naturales.

Entonces afirma que la libertad es la independencia de las causas determinantes del mundo sensible, concluyendo que la naturaleza está determinada por el principio de causalidad, mientras que la libertad depende del principio de imputabilidad, siendo el primer principio de inevitable cumplimiento pero el segundo es una opción de la voluntad buena.

Dice que “… las leyes del mundo inteligible habré de considerarlas como imperativos, y las acciones conforme a éstos como deberes…”. Concluye que la libertad es una mera idea cuya realidad objetiva no puede exponer de ninguna manera.

CONCLUSIONES
 Percibo que Kant usó como modelo fundamental la teoría de las ideas de Platón, en la cual el pupilo de Sócrates trató de explicar la existencia del mundo material y el mundo formal o de las ideas, el mundo sensible y el inteligible; o sea por un lado el mundo que puede ser percibido por los sentidos, donde ocurren los hechos de la experiencia o fenómenos afectados por el espacio y el tiempo, y por otro lado el mundo  que sólo puede ser percibido por la inteligencia o la razón, donde las ideas puras y el alma pueden existir y de donde emanan las ideas que dan forma al mundo material.

Este modelo platónico sirvió como plataforma para integrar la controversia de la ciencia de su época acerca de la validez del conocimiento científico, pues por un lado la filosofía empirista reclamaba como válido sólo el conocimiento que podía ser verificado por la experiencia, tal como lo argumentaba el filósofo y jurista inglés David Hume,  y por su parte la filosofía racionalista, en especial la epistemología francesa,  reclamaba que sólo podía ser admitido el conocimiento que pudiera pasar el examen de la razón, tal como lo predicó Renato Descartes en su Discurso del Método.

Kant argumenta que ambas posiciones no son más que la expresión aislada de las capacidades de los seres racionales, los seres humanos, quienes al poseer cuerpo y alma, percepción sensorial de los fenómenos físicos, y percepción inteligible o racional del mundo de las ideas o noúmenos, entonces puede y debe hacer uso de ambas capacidades para la validación del conocimiento, pretendiendo así dar por terminada la disputa empírico – racional con su teoría del conocimiento a priori, fruto de la razón pura,  y a posteriori, fruto de la razón práctica, dando paso así a lo que se llamó criticismo o filosofía trascendental, por las obras de su llamado período crítico, entre las que podemos destacar   Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788),  Critica de la facultad de juzgar (1790), y La fundamentación de la metafísica de las costumbres (1797).  

Sin embargo no se quedó nuestro filósofo en las disputas epistemológicas, sino que emprendió el estudio de la explicación de toda moral, basado en la capacidad inteligible o racional que puede producir conocimiento puro a priori, sin mediar ninguna experiencia o percepción sensorial, y así pudo concebir los dos tipos de imperativos que impulsan la conducta humana: los imperativos hipotéticos o condicionados, que dependen del mundo físico o de la naturaleza, fundados en la razón práctica, los impulsos o resortes de las inclinaciones o necesidades (instintos); y los imperativos categóricos o absolutos, que dependen exclusivamente de la razón pura a priori, que determinan la voluntad buena al constreñir la acción humana a actuar conforme al deber.

Pero finalmente fundamenta la posibilidad de la buena voluntad en la existencia de la libertad, lo cual implica que los seres racionales puedan hacer uso de la razón para escoger entre la satisfacción de sus inclinaciones (felicidad) o el cumplimiento del deber (moralidad), siendo entonces un proceso dialéctico que conduciría hacia el reino de los fines, donde necesariamente la acción sería regida por el imperativo categórico, según los tres principios de la moralidad.

Concluyo que es imprescindible el estudio de Kant para la adecuada comprensión de la moral y la ética, pues sus planteamientos abarcan o integran de manera amplia el conocimiento de su época, de tal manera que posteriormente ha influido en casi todas las áreas del conocimiento científico y filosófico.   

JOSÉ ESCALONA
Maestría en Filosofía UCAB (cursante)
Febrero de 2012



[1] Kant, Immanuel. Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. Documento en línea, consultado en página web http://www.luventicus.org/articulos/02u002, en fecha 20/01/12, con resumen y notas por Andrés Luetich, y el texto completo de la obra la página web de la Universidad ARCIS,   http://www.philosophia.cl/biblioteca/Kant/fundamentacion%20de%20la%20metafisica%20de%20las%20costumbres.pdf, consultado en fecha 11/02/12.

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