Intuición popular
Coloquialmente,
más producto de la llamada sabiduría popular que de sesudas sesiones de
argumentación lógica, hablamos de que las decisiones deben tomarse cuando la
persona está en calma, sobria y con la sindéresis en orden. No se garantiza así
una decisión inobjetable y acertada, pero es natural pensar que sería una
decisión más sopesada y con mayor probabilidad de ser la más conveniente, que
una decisión producto de la ira, la euforia, o de cualquier otro estado anímico
que altere de alguna forma la mente de quien toma la decisión. De igual manera,
descalificamos las decisiones que son tomadas apresurada y accidentalmente,
mientras que solemos elogiar las que son hijas del sosiego mental. Asimismo,
asociamos los estados alterados con la irracionalidad[1]
y la cordura con la racionalidad, sin que sea esto enunciable como una ley,
natural o no. Cabe preguntarse, entonces, qué tan factible es tomar decisiones
apegadas a la razón, suponiendo éstas como las más convenientes.
Un concepto de
vida, visto desde el punto de vista gerencial, es que la vida es una secuencia
de decisiones. Sea éste concepto el que preferimos, o sea otro, ciertamente que
la toma de decisiones juega un importante rol en nuestras vidas. Es una verdad
de Perogrullo que las decisiones cuyos efectos involucran a otras personas son
más delicadas y difíciles de tomar que aquellas cuyas secuelas son
insignificantes. En esta resbaladiza circunstancia se sitúa la labor de los
jueces. Conociendo que, todo lo antes expuesto, tiene cierto grado de
veracidad, nos viene a la mente una intrigante duda: ¿cómo toma la decisión un
juez, o cómo debe tomarla?, ¿la obtiene de un análisis racional puro, tiene
algún elemento irracional en mixtura con lo racional o es consecuencia de la
irracionalidad más prístina?
La filosofía en ello
Podemos basar
nuestros comentarios en algunos filósofos. Para efectos de este escrito, hemos
tomado como referencia a Platón
y a su pupilo más ilustre: Aristóteles. Platón,
el filósofo del deber ser y Aristóteles, el filósofo de lo que es, por
etiquetarlos de tosca manera.
Platón prácticamente
no concibe un juez que no sea, no solo probo, sino virtuoso. La virtud en
Platón es la que hace al hombre justo y bueno. Así, podemos leer en el libro
III de República:
Mientras
que el juez, como tiene que gobernar el alma de otro mediante la suya, no
necesita haber frecuentado desde muy temprano el trato de hombres corrompidos y
perversos, ni haber cometido él mismo toda clase de crímenes, para poder
conocer desde luego la injusticia de los demás por la suya propia, como puede
el médico juzgar por sus enfermedades de las de los demás. Es preciso, por el
contrario, que su alma sea pura, exenta de vicio, para que su bondad le haga
discernir más seguramente lo que es justo. Por esta razón los hombres de bien son
en su juventud sencillos y están expuestos á ser seducidos por la astucia de
los malos, porque no experimentan en sí mismos nada de lo que pasa en el
corazón de los malos.
Es evidente
que el hombre virtuoso obedece a su razón, motor de nuestras acciones y reflejo
de las ideas del bien, de la sabiduría y de la prudencia. Continúa Platón:
Así es, que
un joven no puede ser un buen juez. Es preciso, que la edad le haya madurado,
que haya aprendido tarde lo que es la injusticia, que la haya estudiado por
mucho tiempo, no en sí mismo, sino en los demás, y que distinga el bien del
mal, más bien por la reflexión que por su propia experiencia... Sin duda, y
además sería un buen juez tal como tú reclamabas; porque el que tiene el alma
buena, es bueno.
Platón no
define la razón –y el uso de ella- tal como la conocemos hoy. Su concepción de
las ideas prístinas y su acceso a ellas es la virtud y el cultivo de ésta por
el hombre virtuoso:
Sin
insistir sobre este punto, observemos el miramiento de Sócrates, es decir, de
Platón mismo, que dando aquí su parte á la poesía y á la filosofía, se somete
mucho menos al mito propio de la reminiscencia, que al hecho esencial de que
hay en nuestra alma un fondo de ideas, que sólo saca de sí misma; ideas que el
mundo sensible despierta en ella, pero que no se las da. En el fondo, esta es
la doctrina de las ideas primeras, anteriores y superiores á la experiencia, que
todos los filósofos espiritualistas, desde Sócrates hasta nuestros días, están
acordes en reconocer como el bien propio de la razón humana: ipse intellectucs,
como dice Leibnitz (sic)[2].
El juez debe
ser, entre los actores sociales, el hombre de la mayor virtud de acuerdo a
Platón. Sus decisiones deben ser ajustadas hacia el logro de la justicia, una
de las ideas platónicas de mayor alcance, relacionada con la política, con la
moral y con las leyes.
El Estagirita,
sin embargo, parece saber que el Hombre no es tan capaz de realizar sus actos
de acuerdo al deber ser, y se ajusta a interpretar el mundo de acuerdo a lo que
en él ve. Esto permite un abanico más o menos amplio de opciones de
comportamiento virtuoso, o cercano a la virtud platónica, pero no enclavado con
precisión exacta en ella. También se refiere con mayor énfasis al concepto de
razón:
¿Es hombre
templado y dueño de sí el que obedece a una razón cualquiera y persevera en la
resolución que ha tomado, sea esta o aquella? ¿O lo es sólo el hombre que
obedece a la recta razón?... O más bien, ¿no deberá decirse que el hombre
templado es el que accidentalmente puede dejarse llevar de una razón
cualquiera, pero que esencialmente se atiene a la verdadera razón y a la
voluntad recta, que es la única que debe guiarle? ¿El intemperante no es aquel
que no sabe sostenerse firmemente en la razón verdadera y en la sana
resolución?[3]
De igual
forma, se pronuncia sobre las pasiones o deseos frente a la razón, de acuerdo a
diferentes personalidades:
Hay
personas que se mantienen firmemente en su opinión, y a las cuales se llama
pertinaces, como sucede con aquellos espíritus que no se dejan convencer y que
difícilmente y con grandísimo trabajo se puede hacer que muden de convicciones.
Este carácter tiene algunos puntos de semejanza con el del hombre templado, que
siempre es dueño de sí mismo, como el pródigo con el liberal, y como el
temerario con el valiente. Pero difieren sin embargo bajo muchos conceptos. El
uno, el templado, no muda de opinión sólo bajo la influencia de la pasión o del
deseo. Pero si llegan el caso y la ocasión de hacerlo, el hombre templado, que
sabe dominarse, no desea otra cosa que mudar de opinión. El otro, por lo
contrario, el pertinaz, no se deja ganar por la razón, porque frecuentemente
los pertinaces no se preocupan sino de sus deseos, dejándose llevar por las
opiniones que les agradan[4].
El hombre
virtuoso, prudente, centrado, es el que obedece a los lineamientos de la razón:
“Si el intemperante no obedece a la
razón, es porque tiene algo más de lo que debía tener; el otro [el pertinaz],
por el contrario, tiene algo menos; mientras que el hombre verdaderamente
templado subsiste siempre fiel a la razón y no cambia jamás bajo ninguna
influencia”[5]. Este
arquetipo aristotélico es el reflejo del justo medio que Aristóteles trata en
los Capítulos III al IX del Libro IV (Análisis de las diferentes virtudes) de su
Ética nicomaquea: “...el hombre
verdaderamente templado, que se domina siempre, representará el carácter
intermedio entre el que acabamos de indicar [el pertinaz] y el intemperante”.
Aristóteles,
como se mencionó antes, deja un resquicio alrededor del concepto de virtud,
dentro del cual el hombre templado puede vivir en virtud, siempre que no se
exceda más allá del justo medio aristotélico. Esta imagen se corresponde más
con los hombres que Aristóteles puede observar en el mundo que el ideal
platónico, es una imagen más humana.
A manera de corolario
Recientemente,
las investigaciones en neurología y ciencias afines acerca del proceso de la
toma de decisiones en los humanos, han arrojado resultados desconcertantes: ante
un cúmulo de datos homogéneos, evaluables racionalmente, sobre una serie de
productos equivalentes, las personas deciden por uno u otro producto de acuerdo
a parámetros exógenos a la evaluación racional; es decir, la elección se hace
con interferencia de aspectos no racionales, quizás en interacción con los
racionales. Estos experimentos se han realizado en ambiente y condiciones
controladas, con el sujeto no sometido a presiones extraordinarias. No es de
extrañar que bajo situaciones emergentes, que representen peligro a la
integridad o a la vida, la respuesta se ubique muy cercana a la reacción arracional,
o quizás irracional (caso del asesinato en defensa propia).
Si aceptamos
que los jueces son tan humanos como los demás humanos, no están –asimismo-
exentos de equivocaciones y de decisiones que pueden alejarse, en mayor o en
menor distancia, de la decisión fríamente racional. Muchas decisiones que
tomamos en el día a día, intrascendentes las más de ellas, son tomadas sin realizar
un análisis racional previo. La decisión sobre una sentencia es mucho más
sopesada y reflexionada, pero no escapa a esa parte de nuestra mente que está
sometida a paradigmas no racionales, tales como creencias, prejuicios,
costumbres, emociones y sentimientos. Como consideración adicional, cabe
señalar que hay sentencias que son claras en cuanto a la culpabilidad o
inocencia del inculpado (solo hay dos posibilidades: inocente o culpable), pero
cuya pena tiene una banda de valores que le permite al juez determinar, de
manera no racional, una pena que se podría calificar de adecuada. En diferentes
circunstancias se obtendrían penas iguales y, viceversa, en iguales
circunstancias se obtendrían penas distintas.
Diversos filósofos nos han legado escritos sobre la razón o el deber ser (Kant, por ejemplo) y otros sobre la naturaleza no estrictamente racional del Hombre (como Nietzsche). La naturaleza humana es menos perfecta que los ideales teóricos que los humanos hemos desarrollado a lo largo de la Historia: hemos creado ideas que nos sobrepasan y no podemos alcanzar, o alcanzamos solo precariamente con mucho esfuerzo, tales como el gobierno idóneo, la persona cuyas virtudes hacen de ella perfecta, la conducta irreprochable bajo códigos morales impecables, entes matemáticos y físicos, Dios, el bien, la justicia. Pero nuestra humana condición no nos permite siempre aprehenderlas y comportarnos en consecuencia. Las decisiones, como cualquier otro producto humano no teórico, están también sujetas a la imperfección.
Diversos filósofos nos han legado escritos sobre la razón o el deber ser (Kant, por ejemplo) y otros sobre la naturaleza no estrictamente racional del Hombre (como Nietzsche). La naturaleza humana es menos perfecta que los ideales teóricos que los humanos hemos desarrollado a lo largo de la Historia: hemos creado ideas que nos sobrepasan y no podemos alcanzar, o alcanzamos solo precariamente con mucho esfuerzo, tales como el gobierno idóneo, la persona cuyas virtudes hacen de ella perfecta, la conducta irreprochable bajo códigos morales impecables, entes matemáticos y físicos, Dios, el bien, la justicia. Pero nuestra humana condición no nos permite siempre aprehenderlas y comportarnos en consecuencia. Las decisiones, como cualquier otro producto humano no teórico, están también sujetas a la imperfección.
[1] O la
arracionalidad. Se puede convenir en que irracional sea contrario a la razón,
mientras que arracional es carente de razón, pero no necesariamente contrario a
ella.
[2] En
el análisis preliminar o Argumento de Menón
o de la virtud, por Patricio de Azcárate, Obras completas de Platón, tomo
4, Medina y Navarro, Madrid 1871, págs. 275-345. En http://www.filosofia.org. Significando ipse intellectus: el entendimiento o el
intelecto mismo.
[3]
Aristóteles, Moral a Nicómaco, libro VII, cap. IX: El
hombre templado sólo obedece a la recta razón.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.

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