Nos embarcamos y no nos embarcamos en los mismos ríos, somos y no somos. Heráclito.

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En este blog, Profesores y alumnos del Postgrado de Maestría en Filosofía de la UCAB Guayana, publicamos nuestras reflexiones sobre las ideas y el diario acontecer de nuestro entorno.

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"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable: es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".

Jorge Luis Borges

lunes, febrero 13, 2012

Las decisiones fuera de los límites de las meras pasiones




Intuición popular

Coloquialmente, más producto de la llamada sabiduría popular que de sesudas sesiones de argumentación lógica, hablamos de que las decisiones deben tomarse cuando la persona está en calma, sobria y con la sindéresis en orden. No se garantiza así una decisión inobjetable y acertada, pero es natural pensar que sería una decisión más sopesada y con mayor probabilidad de ser la más conveniente, que una decisión producto de la ira, la euforia, o de cualquier otro estado anímico que altere de alguna forma la mente de quien toma la decisión. De igual manera, descalificamos las decisiones que son tomadas apresurada y accidentalmente, mientras que solemos elogiar las que son hijas del sosiego mental. Asimismo, asociamos los estados alterados con la irracionalidad[1] y la cordura con la racionalidad, sin que sea esto enunciable como una ley, natural o no. Cabe preguntarse, entonces, qué tan factible es tomar decisiones apegadas a la razón, suponiendo éstas como las más convenientes.

Un concepto de vida, visto desde el punto de vista gerencial, es que la vida es una secuencia de decisiones. Sea éste concepto el que preferimos, o sea otro, ciertamente que la toma de decisiones juega un importante rol en nuestras vidas. Es una verdad de Perogrullo que las decisiones cuyos efectos involucran a otras personas son más delicadas y difíciles de tomar que aquellas cuyas secuelas son insignificantes. En esta resbaladiza circunstancia se sitúa la labor de los jueces. Conociendo que, todo lo antes expuesto, tiene cierto grado de veracidad, nos viene a la mente una intrigante duda: ¿cómo toma la decisión un juez, o cómo debe tomarla?, ¿la obtiene de un análisis racional puro, tiene algún elemento irracional en mixtura con lo racional o es consecuencia de la irracionalidad más prístina?


La filosofía en ello

Podemos basar nuestros comentarios en algunos filósofos. Para efectos de este escrito, hemos tomado como referencia a Platón y a su pupilo más ilustre: Aristóteles. Platón, el filósofo del deber ser y Aristóteles, el filósofo de lo que es, por etiquetarlos de tosca manera.

Platón prácticamente no concibe un juez que no sea, no solo probo, sino virtuoso. La virtud en Platón es la que hace al hombre justo y bueno. Así, podemos leer en el libro III de República:

Mientras que el juez, como tiene que gobernar el alma de otro mediante la suya, no necesita haber frecuentado desde muy temprano el trato de hombres corrompidos y perversos, ni haber cometido él mismo toda clase de crímenes, para poder conocer desde luego la injusticia de los demás por la suya propia, como puede el médico juzgar por sus enfermedades de las de los demás. Es preciso, por el contrario, que su alma sea pura, exenta de vicio, para que su bondad le haga discernir más seguramente lo que es justo. Por esta razón los hombres de bien son en su juventud sencillos y están expuestos á ser seducidos por la astucia de los malos, porque no experimentan en sí mismos nada de lo que pasa en el corazón de los malos.
Es evidente que el hombre virtuoso obedece a su razón, motor de nuestras acciones y reflejo de las ideas del bien, de la sabiduría y de la prudencia. Continúa Platón:

Así es, que un joven no puede ser un buen juez. Es preciso, que la edad le haya madurado, que haya aprendido tarde lo que es la injusticia, que la haya estudiado por mucho tiempo, no en sí mismo, sino en los demás, y que distinga el bien del mal, más bien por la reflexión que por su propia experiencia... Sin duda, y además sería un buen juez tal como tú reclamabas; porque el que tiene el alma buena, es bueno.
Platón no define la razón –y el uso de ella- tal como la conocemos hoy. Su concepción de las ideas prístinas y su acceso a ellas es la virtud y el cultivo de ésta por el hombre virtuoso:

Sin insistir sobre este punto, observemos el miramiento de Sócrates, es decir, de Platón mismo, que dando aquí su parte á la poesía y á la filosofía, se somete mucho menos al mito propio de la reminiscencia, que al hecho esencial de que hay en nuestra alma un fondo de ideas, que sólo saca de sí misma; ideas que el mundo sensible despierta en ella, pero que no se las da. En el fondo, esta es la doctrina de las ideas primeras, anteriores y superiores á la experiencia, que todos los filósofos espiritualistas, desde Sócrates hasta nuestros días, están acordes en reconocer como el bien propio de la razón humana: ipse intellectucs, como dice Leibnitz (sic)[2].
El juez debe ser, entre los actores sociales, el hombre de la mayor virtud de acuerdo a Platón. Sus decisiones deben ser ajustadas hacia el logro de la justicia, una de las ideas platónicas de mayor alcance, relacionada con la política, con la moral y con las leyes.

El Estagirita, sin embargo, parece saber que el Hombre no es tan capaz de realizar sus actos de acuerdo al deber ser, y se ajusta a interpretar el mundo de acuerdo a lo que en él ve. Esto permite un abanico más o menos amplio de opciones de comportamiento virtuoso, o cercano a la virtud platónica, pero no enclavado con precisión exacta en ella. También se refiere con mayor énfasis al concepto de razón:

¿Es hombre templado y dueño de sí el que obedece a una razón cualquiera y persevera en la resolución que ha tomado, sea esta o aquella? ¿O lo es sólo el hombre que obedece a la recta razón?... O más bien, ¿no deberá decirse que el hombre templado es el que accidentalmente puede dejarse llevar de una razón cualquiera, pero que esencialmente se atiene a la verdadera razón y a la voluntad recta, que es la única que debe guiarle? ¿El intemperante no es aquel que no sabe sostenerse firmemente en la razón verdadera y en la sana resolución?[3]
De igual forma, se pronuncia sobre las pasiones o deseos frente a la razón, de acuerdo a diferentes personalidades:

Hay personas que se mantienen firmemente en su opinión, y a las cuales se llama pertinaces, como sucede con aquellos espíritus que no se dejan convencer y que difícilmente y con grandísimo trabajo se puede hacer que muden de convicciones. Este carácter tiene algunos puntos de semejanza con el del hombre templado, que siempre es dueño de sí mismo, como el pródigo con el liberal, y como el temerario con el valiente. Pero difieren sin embargo bajo muchos conceptos. El uno, el templado, no muda de opinión sólo bajo la influencia de la pasión o del deseo. Pero si llegan el caso y la ocasión de hacerlo, el hombre templado, que sabe dominarse, no desea otra cosa que mudar de opinión. El otro, por lo contrario, el pertinaz, no se deja ganar por la razón, porque frecuentemente los pertinaces no se preocupan sino de sus deseos, dejándose llevar por las opiniones que les agradan[4].
El hombre virtuoso, prudente, centrado, es el que obedece a los lineamientos de la razón: “Si el intemperante no obedece a la razón, es porque tiene algo más de lo que debía tener; el otro [el pertinaz], por el contrario, tiene algo menos; mientras que el hombre verdaderamente templado subsiste siempre fiel a la razón y no cambia jamás bajo ninguna influencia[5]. Este arquetipo aristotélico es el reflejo del justo medio que Aristóteles trata en los Capítulos III al IX del Libro IV (Análisis de las diferentes virtudes) de su Ética nicomaquea: “...el hombre verdaderamente templado, que se domina siempre, representará el carácter intermedio entre el que acabamos de indicar [el pertinaz] y el intemperante”.

Aristóteles, como se mencionó antes, deja un resquicio alrededor del concepto de virtud, dentro del cual el hombre templado puede vivir en virtud, siempre que no se exceda más allá del justo medio aristotélico. Esta imagen se corresponde más con los hombres que Aristóteles puede observar en el mundo que el ideal platónico, es una imagen más humana.


A manera de corolario

Recientemente, las investigaciones en neurología y ciencias afines acerca del proceso de la toma de decisiones en los humanos, han arrojado resultados desconcertantes: ante un cúmulo de datos homogéneos, evaluables racionalmente, sobre una serie de productos equivalentes, las personas deciden por uno u otro producto de acuerdo a parámetros exógenos a la evaluación racional; es decir, la elección se hace con interferencia de aspectos no racionales, quizás en interacción con los racionales. Estos experimentos se han realizado en ambiente y condiciones controladas, con el sujeto no sometido a presiones extraordinarias. No es de extrañar que bajo situaciones emergentes, que representen peligro a la integridad o a la vida, la respuesta se ubique muy cercana a la reacción arracional, o quizás irracional (caso del asesinato en defensa propia).

Si aceptamos que los jueces son tan humanos como los demás humanos, no están –asimismo- exentos de equivocaciones y de decisiones que pueden alejarse, en mayor o en menor distancia, de la decisión fríamente racional. Muchas decisiones que tomamos en el día a día, intrascendentes las más de ellas, son tomadas sin realizar un análisis racional previo. La decisión sobre una sentencia es mucho más sopesada y reflexionada, pero no escapa a esa parte de nuestra mente que está sometida a paradigmas no racionales, tales como creencias, prejuicios, costumbres, emociones y sentimientos. Como consideración adicional, cabe señalar que hay sentencias que son claras en cuanto a la culpabilidad o inocencia del inculpado (solo hay dos posibilidades: inocente o culpable), pero cuya pena tiene una banda de valores que le permite al juez determinar, de manera no racional, una pena que se podría calificar de adecuada. En diferentes circunstancias se obtendrían penas iguales y, viceversa, en iguales circunstancias se obtendrían penas distintas.

Diversos filósofos nos han legado escritos sobre la razón o el deber ser (Kant, por ejemplo) y otros sobre la naturaleza no estrictamente racional del Hombre (como Nietzsche). La naturaleza humana es menos perfecta que los ideales teóricos que los humanos hemos desarrollado a lo largo de la Historia: hemos creado ideas que nos sobrepasan y no podemos alcanzar, o alcanzamos solo precariamente con mucho esfuerzo, tales como el gobierno idóneo, la persona cuyas virtudes hacen de ella perfecta, la conducta irreprochable bajo códigos morales impecables, entes matemáticos y físicos, Dios, el bien, la justicia. Pero nuestra humana condición no nos permite siempre aprehenderlas y comportarnos en consecuencia. Las decisiones, como cualquier otro producto humano no teórico, están también sujetas a la imperfección.



[1] O la arracionalidad. Se puede convenir en que irracional sea contrario a la razón, mientras que arracional es carente de razón, pero no necesariamente contrario a ella.
[2] En el análisis preliminar o Argumento de Menón o de la virtud, por Patricio de Azcárate, Obras completas de Platón, tomo 4, Medina y Navarro, Madrid 1871, págs. 275-345. En http://www.filosofia.org. Significando ipse intellectus: el entendimiento o el intelecto mismo.
[3] Aristóteles, Moral a Nicómaco, libro VII, cap. IX: El hombre templado sólo obedece a la recta razón.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.

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