Guillermo D. Mosquera C.
La actual situación de
Guayana en cuanto a sus empresas básicas, su economía, la violencia que alevosa
ocupa los espacios intersindicales y el abandono silencioso en el que están
sumidas nuestras etnias originarias “recién descubierto” por el escándalo de los
seis niños muertos de mengua, son emblemas de la aguda problemática social
regional. Mientras tanto nos debatimos en las exquisitas disquisiciones
filosóficas entre marxismo y capitalismo liberal, esto nos hace pensar que algo
anda mal en nuestra sociología.
Cuando
no se puede garantizar a los ciudadanos la libertad de “transitar libremente
por el territorio nacional” como reza el artículo 50 de la Constitución,
gracias al toque de queda impuesto por la delincuencia incontrolable.
La
inalcanzable posibilidad de acceder a “una vivienda adecuada y segura” como
consagra el artículo 82, por el déficit habitacional extremo. El alejamiento
del derecho a la salud que establece el artículo 84, por enfermedades endémicas
que creíamos extintas y pestes de nuevo cuño que el sistema de salud es incapaz
de controlar… mientras tanto el Ejecutivo centra sus esfuerzos para fortalecer
el modelo miliciano y la internacionalización del socialismo del siglo XXI.
Todo evidencia que es pretencioso pretender deliberar sobre complejas formas de
gobierno, cuando nos hundimos cada día más en el subdesarrollo.
Simón
Bolívar advertía con suma precaución doscientos años ha, de nuestra inocencia
en la administración de los bienes de la nación.
“Todavía
hay más, nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia
política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para
alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de
la servidumbre; porque no solamente se nos había robado la libertad, sino
también la tiranía activa y doméstica”.
Cuando
vemos nuestra economía derrumbarse lenta pero sostenidamente, ante la perpleja
mirada de quienes lideran los espacios públicos. Quienes administran las
empresas del Estado y gobierno regional sumergidos en el cómo implementar el
Plan Guayana Socialista 2019 sobre los estertores de lo que una vez fue la
alternativa segura a la renta petrolera.
Por
otro lado, gremios y sociedad civil comienzan a despertar de su letargo
reaccionando ante la debacle que se hace cada vez más inocultable, con la
rémora a cuestas de quienes se debaten entre sumarse o seguir haciendo
“buenos negocios” con el gobierno de turno.
Un
grupo importante que deshoja la margarita entre la desesperanza de una promesa
que encubre la locomotora que nos lleva inexorablemente al totalitarismo, y la
opción de los partidos políticos que llevan todavía el estigma de lo que
significó la traición al sueño venezolano y que nos llevó al laberinto en que
nos encontramos entrampados.
En
1987, Arturo Uslar Pietri publicó un cuento llamado El conuco de Tío Conejo,
con una fauna alegórica a actores de la sociedad venezolana contemporánea y que
coincide con nuestra tragedia. Todo parece indicar que “los hombres buenos” se
han dedicado a hacer familia y al trabajo, ajenos así de la ciudadanía; por lo
que los Tío Conejos se han adueñado a placer de los espacios políticos para
gobernar a su propio beneficio y al final, todos estamos entrampados en la
misma jaula que no podemos superar.
Es
apatía lo que copa los espacios de la Polis, queremos que los problemas se
resuelvan por homeostasis, sin participar ni sacrificar ni un poco de tiempo o
recursos en actividades públicas o privadas que expongan el confort particular,
así esté en peligro el valor más apreciado por el ser humano, la libertad.
Nuestro
punto de coincidencia se encuentra en los deseos de ver a nuestro país
próspero, sano y desarrollado; ¿Cómo lograrlo? Aquí debe comenzar nuestra
discusión y la participación de todos para encontrar la mejor fórmula.
“Lo
único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no
hagan nada”.
Edmund Burke (escritor y filósofo político irlandés,
1729-1797)
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