Lorena Rojas Parma
Tomado de La Casa
Azulada, con permiso de la autora.
Si bien el término
“presocráticos” no es del todo exacto, como es bien sabido, vamos a seguir la
tradición que denota con aquél una filosofía anterior a la de Sócrates; aunque
algunos filósofos, como Anaxágoras o Demócrito, que suelen ubicarse dentro de
este grupo por razones temáticas más que cronológicas, no pertenezcan a un
tiempo anterior al de Sócrates.[1]
La cuestión que generalmente se
plantea cuando se inicia un estudio sobre los orígenes de la filosofía griega,
consiste en preguntarse cómo ocurre el “paso” del pensamiento mitológico
tradicional al pensamiento racional o filosófico, esto es, cómo se da el
tránsito “del mito al logos”, como reza el célebre estudio de Nestlé. Sin
embargo, ya desde principios del siglo XX, pero especialmente a medios del
siglo, comienzan a aparecer importantes estudios que se aproximan al mito no
como expresión de la mentalidad arcaica y primitiva, sino como el contexto y el
antecedente de las primeras preguntas filosóficas.
El origen de la filosofía se
identifica con Tales de Mileto, en el s. VI a.C. Con él efectivamente notamos
–a partir de los poquísimos testimonios que nos han llegado- un sentido
distinto en su reflexión y comprensión sobre el mundo; la pregunta que le hace
a la realidad y también la respuesta que encuentra, no son ya, digamos,
“míticas”, sino más cercanas a la experiencia sensible y directa del hombre, a
lo que tradicionalmente llamamos más “racional”. Si bien en Tales reconocemos
una aproximación más filosófica que mitológica o poética, no puede esto
suponer, sin embargo, que Tales ha roto, sin más, con toda su tradición y con
el espíritu del contexto en el que ha vivido para así, entonces, dar “un paso
adelante” hacia lo racional. Recordemos que los poetas eran los cantores
tradicionales de las verdades del hombre, desde tiempos muy remotos, y que su
autoridad educaba a toda la Hélade. El “paso adelante” supone, por lo demás, un
desprestigio de la tradición poética que hoy, no sin debate y discusión, es
problemático sostener. Esto no quiere decir que los primeros filósofos no se
hayan distanciado –o incluso atacado- la religión homérica tradicional, quiere
decir que en ellos siguen vivos elementos poéticos y mitológicos en la
expresión de sus concepciones filosóficas.
Cappelletti sostiene al respecto
una de las tesis que hoy reconocemos como más admisibles: los presocráticos son
una transición del pensamiento mitológico hacia el racional. En otras palabras,
aún se conservan elementos míticos y poéticos en Tales, Anaximandro o
Parménides. Así, por ejemplo, Anaximandro nos hablará del poder de Chronos y
Parménides escribirá un poema con una diosa que le revela la naturaleza del
ser. Pero si bien hay elementos poéticos reconocibles en los primeros
filósofos, ocurre que en la poesía también hay preguntas, argumentos y
tensiones que no están ausentes de lo que reconocemos como reflexión
filosófica.[2]
Los poetas no están de espaldas a
las grandes preguntas por el hombre y su existencia, y son portadores, con la
misma universalidad, de verdades poéticas, que sólo con un sentido posterior y
analítico podemos separar definitivamente de las filosóficas. Hoy en día, sin
embargo, las reflexiones sobre los orígenes de la filosofía han hecho cada vez
más frágil la línea que divide el pensamiento filosófico del poético, y con
ello, han contribuido a solventar un poco la idea según la cual el mito o la
poesía tienen poca relación con el pensamiento racional o la verdad filosófica;
como si la racionalidad que acompaña al mito –que nos enseña y nos enseña con
belleza-, como dice Foucault, fuese extraña a la razón filosófica. Platón nos
mostrará la falsedad de ese argumento y, así, cómo la belleza del mito nos
enseña allí donde el logos parece denetenerse o ser insuficiente para
transmitirnos una verdad como la de la inmortalidad del alma o la unidad
espiritual de la Belleza.
Esta perspectiva no busca, ni
mucho menos, asumir que no hay diferencia entre Tales, sus seguidores y los
poetas. Lo que aún nos asombra es precisamente que haya aparecido un Heráclito
que escribe enigmas en un tono “oracular”, o un Parménides que escribe un poema
en dialecto homérico, aunque él sea de Magna Grecia. Nos asombra la profundidad
de la pregunta y la respuesta filosóficas, y que incluso hasta bien entrado el
siglo V la influencia poética haya seguido siendo tan profunda en algunos
importantes pensadores, como el mismo Platón. Con dificultad podemos sostener
hoy que la aparición de Tales o Anaximandro –de la filosofía- haya sido mágica
o milagrosa: sin omitir las razones históricas –como sus viajes y el
descubrimiento de otras culturas-, y el mismo espíritu especulativo que
caracteriza a los griegos, el largo cultivo poético confiado a la memoria –a la
diosa y madre de las musas Mnemosine-, los hallazgos y complejos
cuestionamientos de poetas y cantos de rapsodas, la creencia espiritual en las
musas, forjaron el camino para la mirada reflexiva de la filosofía que comenzó
a preguntarse por el orden del universo, más allá de la intervención de Zeus.
Es así que ante las tesis que
suponen un paso definitivo o al menos nítido del mito al logos, o una
superación de lo religioso por lo racional, hoy han ido tomando importancia
propuestas como la de Giorgio Colli, para quien la raíz misma de la poesía y la
filosofía es común, asumiendo que el conocer encontró estas dos vías de
expresión sin que se excluyan o “se superen”; o la de Gadamer para quien el
mito es la narración que se revitaliza cada vez que lo reinterpretamos desde
nuestro propio horizonte.
De allí que se nos vuelva difícil
responder a las preguntas ¿qué es lo absolutamente poético y qué lo
absolutamente racional en los primeros filósofos? ¿Dónde se traza esta línea
tan nítida entre ambos saberes que permita dar un paso de un espacio al otro?
En la filosofía que ahora nos ocupa, en lugar de ver divisiones vemos, más
bien, implicaciones: la verdad filosófica, en tanto que filosófica, no es
extraña, sin embargo, a la poesía y a los saberes conservados en la oralidad de
la memoria. Los versos de Empédocles guardan una poderosa visión filosófica que
además de conciliadora, es hermosa; el proemio del poema de Parménides es la
narración de una experiencia religiosa, colmada de maravillosos detalles
literarios, que nos conduce, junto al filósofo, al misterioso encuentro con la
diosa; Heráclito, con sus profundos enigmas, es el portavoz de un Logos divino
que todo lo regula.
Lo que sucede con el pensamiento
de esta primera época, pienso, es que las verdades filosóficas no son producto
exclusivo de la razón para que, sólo así, puedan ser conocimiento. Aún no se ha
escindido radicalmente el logos del pathos, o de la imaginación; en cierta
forma poesía y filosofía se implican. Pero si se implican es claro que ya no
estamos hablando de lo mismo. Por lo demás, la poesía seguía teniendo para la
época la autoridad de la verdad; los cantos de los poetas y los rapsodas
revelaban verdades desde todos los tiempos; y fue con Sócrates, en el siglo V,
cuando por primera vez la poesía –y lo que hoy llamamos arte- necesitó de
justificación y legimimación.[3] La manía de los rapsodas, y las verdades
reveladas desde ese entusiasmo, comenzaron a necesitar razones, principios o
demostraciones. Aún no es ésa, sin embargo, la atmósfera de los primeros
filósofos. La complejidad de esta transición o implicación podría sugerirse en
uno de los fragmentos de Heráclito: “El dios quiere y no quiere ser llamado
Zeus”.
Pero si bien los poetas no son
llevados a la palestra por los milesios,[4] no es menos cierto que pronto serán
el blanco de duros dardos por parte de filósofos como Jenófanes y Heráclito. En
ciertos momentos, parece que los filósofos son portadores de su propia poesía.
Un último comentario es preciso
para aludir, brevemente, a la cuestión que se pregunta por qué aparece la
filosofía en Grecia y, más específicamente, en Mileto. Diversas son las
razones, históricas y culturales, que pueden darnos explicaciones al respecto.
Sin embargo, es imprescindible hacer mención especialmente de la naturaleza de
la religión homérica. Los poemas de Homero eran uno de los elementos esenciales
que unificaban espiritualmente a la Hélade, hacían a sus miembros copartícipes
de una cosmovisión unificante que, religiosa y poéticamente, era portadora de
certezas que daban un cierto orden y sentido a la vida. Es muy importante
reflexionar sobre el hecho de que los textos religiosos eran poemas recitados
libremente por rapsodas, quienes, según sabemos, para hacerlo virtuosamente,
debían estar iluminados y entusiasmados –o al menos asistidos- por la musa o la
divinidad correspondiente. Es así que ofrecían hermosas y variadas versiones de
sus dioses y cantaban los versos de Homero.
Si hablamos de rapsodas libres,
de poetas y de estados de entusiasmo, es evidente que no nos podríamos referir
a algún tipo de ortodoxia religiosa, con poder de restricción, que imponga una
interpretación de los textos sagrados como la única verdadera. En la religión
homérica no hay una institución análoga al clero cristiano, por ejemplo, como
grupo encargado de conservar la verdad unívoca de los textos. Hay una relación
más libre, por así decir, con las verdades poético-religiosas. No hay que perder
de vista, por lo demás, que la realidad territorial de la Hélade son las
poleis, y que la polis –ciudad estado- implica –al menos una democrática como
Mileto- “[…] libertad y contrastación de ideas; el logos de la polis patentiza
la unidad de la diversidad, de la oposición de las clases sociales […] el
ágora, centro de la polis, es el lugar de la concertación libre y de la
expresión de la diferencia”.[5]
Pero, en definitivas cuentas,
todavía tenemos que enfrentar la pregunta: ¿por qué la filosofía comienza con
Tales, Anaximadro y Anaxímenes? Es el mismo Aristóteles en el libro A de
Metafísica quien da inicio a su investigación filosófica con los milesios. ¿Qué
es lo que lo motiva a ver en Tales y sus conciudadanos el inicio del pensar
filosófico? No se trata, por supuesto, de una pregunta que pueda contestarse de
manera única y definitiva. Pero sí podemos pensar en lo que esto nos sugiere
acerca de lo que es filosofía y así aproximarnos a una posible respuesta, entre
muchas otras que guarda esta profunda y compleja cuestión. En este sentido,
comparto la opinión de Conrado Eggers cuando apunta al afán de “medida” de los
milesios. Aristóteles ha podido empezar con Solón, Pisístrato y Clístenes.[6]
Ciertamente, ¿por qué no una
“escuela de Atenas”? Salvando las distancias con la mención de la “escuela”.
Tales fue geómetra, descubrió un teorema, fue el primero en calcular la altura
de las pirámides, predijo y explicó eclipses. Hay una intención distinta que se
muestra en este hacer del conocimiento, que efectivamente no la vemos en un
Esquilo o un Solón, que mide y ordena el mundo. Puede entonces hacerse la
pregunta propia de estos filósofos: ¿cómo es posible este orden del universo?
Por su parte, Anaximandro inventó
el reloj de sol, calculó solsticios y equinoccios y fue el primero en dibujar
un mapa de la tierra que los griegos conocían. Diógenes Laercio dice que fue el
primero en dibujar el perímetro de la tierra y del mar, y también fabricó una
esfera. Que la filosofía empiece con Tales no significa, como se ha dicho ya,
que antes no existan reflexiones filosóficas; pero desde ahora:
[…] hay un tipo de filosofía que
ya está consciente de que hay que medir todo, de que hay que ordenar todo, de
que no es cuestión simplemente de escribirlo, así, mitológicamente, porque la
palabra griega que corresponde a esto es mythos, y quiere decir también
‘narración’[7]
Es precisamente por ello que hay
una diferencia importante entre el “narrar” del mito y el del logos: la del
mito es una narración que se aboca a la vivencia, con emoción. El logos de los
milesios, a diferencia del mito, está tratando de “ordenar”, de “dar cuenta
de”, de “calcular”. Eso es lo que los hace, a los ojos de Aristóteles, los
primeros filósofos.
De esta manera, los filósofos
convirtieron al mundo, a la realidad, también con los pitagóricos a la cabeza,
en kosmos –orden y belleza-. Ordenado, el mundo se hizo medible, calculable,
contable. Con los pitagóricos es incluso más notable: hicieron del número, el
origen del kosmos. Con todo, la tensión maravillosa entre estos dos tipos de
narración va a perdurar, al menos, hasta las obras maestras de Platón.
[1] Comparto la opinión de A. Alegre sobre la ubicación de Sócrates
como el antes y después de la filosofía. Se dice frecuentemente que con
Sócrates comienza la filosofía a tratar acerca de problemas humanos, lo que no
es del todo cierto, pues, como bien apunta Alegre, esos temas ya estaban en el
ambiente. En realidad, se hicieron recurrentes e importantes con la llegada del
movimiento sofista –aunque ya la tragedia se había encargado de plantear graves
problemas humanos-. Asimismo, es siempre válida la pregunta del autor: ¿por qué
no se ubican tradicionalmente a los sofistas –y sí a Demócrito, por ejemplo-
dentro de los “presocráticos”? Cfr. A. Alegre, 1997, p. 52. Como veremos,
podríamos hablar, quizá con más rigor, por ejemplo, de filosofía “pre y post
parmenídea”. Asimismo, Nietzsche usa el término “preplatónicos” en lugar de
“presocráticos” y lo justifica con este argumento: hasta Platón, tenemos una
cantidad de filósofos que es, cada uno de ellos, originalísimo; y es Platón
quien nos presenta una filosofía que recoge considerablemente las influencias
de sus antecesores. Lo considera un “carácter mixto”. Cfr. F. Nietzsche, Los
filósofos preplatónicos, p. 19.
[2] Con respecto al inicio de la filosofía a partir de Tales, C. Eggers,
1997, pp. 55-56, señala lo siguiente: “Esto para mí es completamente exagerado;
[…] básicamente pienso que hay que retrotraerse por lo menos a Homero, porque
encontramos unas temáticas muy ricas para la filosofía ya en Homero […] y
además yo también incluiría a los trágicos, que también tienen una filosofía
[…]”.
[3] H.-G. Gadamer: La actualidad de lo bello, 1979, p. 10 y ss.
[4] Aunque, ciertamente, como señala Jaeger, los milesios al
atribuirle características propias de los dioses a su noción de physis, como la
inmortalidad, están apartándose de lado la tradición homérica. Cfr. W. Jaeger,
La teología de los primeros filósofos griegos, 1992.
[5] A. Alegre, 1997,
p. 51.
[6] C. Eggers, 1997,
p. 56.
[7] C. Eggers, 1997,
p. 61.
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