EL BÚHO DE MINERVA
Diego Márquez Castro
Los procesos electorales que
hemos vivido los venezolanos en estos últimos trece años han tenido la
característica de ser atípicos, incluyendo el que ahora se ha iniciado, porque
aun cuando se ha invocado desde el oficialismo que hemos experimentado una ampliación
de la democracia, lo cierto es que la democracia ha sido una simple excusa para
enmascarar todo lo contrario a ella: la autocracia, que se expresa por la
imagen y la boca de un líder que rechaza cualquier diferencia o disidencia y
que exige como comportamiento una lealtad que raya en lo patológico. En esas
oportunidades no ha ocurrido lo que en cualquier democracia que se considere
como tal: la confrontación a nivel de partidos políticos de gobierno y
oposición dentro del contexto de la alternabilidad en el gobierno, lo que
garantiza dinamismo y salud política al sistema. La autocracia siempre ha
apostado a la hegemonía y lo sigue haciendo.
El problema se profundiza cuando
desde la autocracia no se asume el proceso electoral como un juego dialéctico
entre propuestas para un modelo de país y de sociedad, sino que se considera
como una guerra entre clases sociales, en principio, llevándose a plantear
dicho proceso como un enfrentamiento entre los ciudadanos de un mismo país
fracturando a los mismos en bloques irreconciliables que pudiesen llegar a
odiarse y destruirse entre sí. Quienes así conciben la democracia están
absolutamente equivocados porque la democracia como sistema de vida y como
práctica personal y social promueve el ejercicio del pluralismo político que
niega toda exclusión y aboga por la inclusión. La democracia sustenta la
tolerancia frente a la diversidad en tanto que la autocracia asume la
intolerancia como política de gobierno y de Estado. La razón de vida para el
autócrata es crearse enemigos para desprestigiarlos y destruirlos y la de los
demócratas es el diálogo constructivo para buscar soluciones, resolver los
conflictos y superar las crisis dentro de un marco de consenso, solidaridad y
respeto. El autócrata recela hasta de su propia sombra y ve conspiradores en
los rincones; el demócrata cree en sí mismo y en las personas y no le teme ni
le ofende la crítica porque sabe que es un ser humano y no una suerte de
predestinado.
Todo autócrata y toda autocracia
por cuanto se asumen como encarnaciones del “gendarme necesario” creen que la
única manera de gobernar es siendo autoritarios en el ejercicio del poder, aun
cuando puertas afuera hagan hipócritas profesiones de fe en una democracia en
la cual nunca han creído porque en el fondo le temen y la desprecian. El
filósofo Fernando Savater de visita en Venezuela en 1998, en pleno proceso
electoral, cuando la propuesta de destruir la “democracia podrida” cautivó a
millones de electores que creyeron de buena fe en su mayoría en un líder con aureola
mesiánica que prometió una verdadera democracia de participación, advirtió
sobre el peligro de destruir la democracia con cualquier pretexto de ocasión y
aprovechar la coyuntura para instaurar un régimen autoritario: “El
autoritarismo no tiene nada que ver con la democracia. En la democracia son los
ciudadanos los que fundan las leyes, los que eligen. No hay más autoridad en la
democracia. Entonces, todo autoritarismo, si es una autoridad por encima de la
voluntad de los ciudadanos, ésa es la peor corrupción que existe”. Igualmente
alertó en su momento, aunque quizá en aquellos momentos hubo quienes no
quisieron escucharlo porque tenían puesta toda su fe en un hombre providencial,
lo que sigue: “La peor corrupción que hay es la que secuestra el poder que
tienen los ciudadanos y se lo guarda un señor porque dice que va a hacer mejor
uso con él que el que van a hacer los ciudadanos porque es mucho más grave
robar el poder que robarle la cartera al vecino. Por eso, la primera corrupción
que combate la democracia es la de los que quieren robar el poder y hacer con
él lo que les parezca adecuado”. Es tiempo de recuperar la autoridad de los
ciudadanos derrotando la autocracia. Con el poder del voto y la voluntad de
cambiar para mejorar, Venezuela se convertirá en un modelo a seguir. La
decisión está en nuestras manos.
dmarquezcastro@yahoo.com
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